Las opiniones se dividen: hay quienes afirman la conveniencia de reducir el número para favorecer una integración tendiente a soluciones integrales a problemas comunes, un desarrollo homogéneo, administración pública más eficiente, ahorro de recursos económicos, mejor organización de la participación ciudadana, y fortalecimiento de la institución original de nuestra organización política: el Municipio.
La propuesta se sostiene en la numerosa cantidad de los existentes en nuestro país: 2,462. Sumadas las dieciséis alcaldías de la Ciudad de México son 2,478 unidades político-territoriales de esa naturaleza jurídica distribuidas en las treinta y dos entidades federativas de la república.
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No sobra recordar la diversidad de esa compleja estructura orgánica en todos los aspectos: población, territorio, diversidad de recursos, tamaño de sus gobiernos, seguridad, capacidades de bienestar, etc.
Esa es precisamente la esencia del municipalismo: el conjunto de diferencias, es decir la propia naturaleza e identidad, no obstante su igualdad en el orden constitucional federal. Dicho en otras palabras, la heterogeneidad es el gen del sistema federal mexicano.
De ahí mismo se apuntala la visión contraria: en circunstancias de debilidad o atrofia de los procesos municipales, conviene dividir aquellos municipios más extensos territorialmente, o bien tomando en cuenta su abultada población, para facilitar su viabilidad y resolver la calidad de vida de los habitantes.
En medio de ambas visiones hay una variable imprescindible: el interés de la ciudadanía cuyas demandas integristas o separatistas pueden obedecer a intereses de variada especie; hoy por hoy sería ingenuo suponerlos únicamente de carácter progresista, sobre todo en términos de riesgo frente a la vulneración del orden legal. Frente a eso conviene tener reservas para abrir la puerta en cualquiera de los dos sentidos. Tampoco quiere esto negar la discusión de las conveniencias respectivas.
Al escenario también debe añadirse un análisis de contexto, pues la vida municipal presenta una actualidad externa multifactorial con problemas superiores a sus capacidades de respuesta y la dependencia casi absoluta de los presupuestos federal y locales. No significa una falta de madurez política o administrativa, sí un atraso histórico en la distribución del dinero público, probadamente generado por las actividades regionales y sin una redistribución congruente y equitativa.
A propósito del tema, la diputada Liz Ordaz presidenta de la Comisión de Legislación y Puntos Constitucionales del Congreso del estado de Hidalgo refiere la conveniencia de no caer en una falsa disyuntiva ni reducir el debate a estar a favor o en contra de crear nuevos municipios, sino atender a la solución institucional para garantizar el desarrollo de la comunidad (Milenio Hidalgo, 24/VII/26),
Y algo más interesante propone la legisladora: analizar alternativas graduales como fortalecimiento de delegaciones, mayor presencia institucional, mejor coordinación regional, descentralización de servicios y mecanismos presupuestarios específicos. Añade atender las opiniones de la gente y la autoridad de ese orden de gobierno, de especialistas en finanzas públicas, desarrollo territorial, administración municipal y constitucionalistas; sin perder una visión de largo aliento, más allá del momento político.
Quienes creemos en las bondades del modelo federal, criticamos las atrofias del federalismo mexicano y consideramos llegado el momento de imaginar otras fórmulas para sostener su pertinencia; el municipio debe ser, en tanto su célula, motivo de una reingeniería de vuelta al origen. Por ejemplo, la decisión, en Hidalgo, de corresponsabilizar al Ayuntamiento de la protección de niñas, niños y adolescentes mediante procuradurías municipales, coordinadas con el Sistema DIF.
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En el mismo orden de cosas, Mario Luis Fuentes propone construir una nueva política federalista a partir de reconocer el fortalecimiento al municipio como la condición para mejorar la calidad de vida de la población; modernizar los sistemas de gestión urbana y construir capacidades técnicas para enfrentar los desafíos contemporáneos. (Excelsior, 20/VII/26).
Entonces, además de mantener o aumentar el número de municipios, impulsemos su fortalecimiento. Puede ser la vía más efectiva para mejorar el estrecho vínculo con su población: proporcionarnos un espacio digno, sano, seguro, amigable, incluyente, mejor para vivir y convivir.
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