A veces da risa. Y a veces preocupa. Porque una cosa es criticar al gobierno —que claro que se debe hacer— y otra muy distinta es aplaudir cualquier cosa que venga de Estados Unidos nomás porque sirve para pegarle a la 4T.
Y ahí los ves. Columnistas reciclados, políticos de oposición que antes tragaban sapos completos sin hacer ruido, opinadores de café con foto de perfil en blanco y negro, y uno que otro “analista” que descubrió la indignación apenas perdió privilegios. Todos emocionadísimos porque desde Washington les marcan la agenda.
Curioso patriotismo el de algunos mexicanos: aman a México… hasta que Estados Unidos les da permiso de odiarlo.
Porque sí, la 4T tiene errores. Muchos. Algunos grotescos. Hay decisiones improvisadas, soberbia política, personajes impresentables reciclados como “transformadores” y una tendencia peligrosa a creer que cualquier crítica es conspiración. Y tarde o temprano tendrán que responder por eso. No hay gobierno eterno ni narrativa que tape la realidad para siempre.
Pero una cosa es señalar los errores desde una posición crítica y otra convertirse en porrista del injerencismo extranjero sólo porque coincide con tus filias políticas.
De pronto hay gente que parece más emocionada por los regaños de Washington que por resolver los problemas del país. Como si el Departamento de Estado fuera la nueva oposición moral de México. Como si Estados Unidos fuera un árbitro neutral y no el mismo país que históricamente ha metido las manos donde le conviene, cuando le conviene y para defender exclusivamente sus intereses.
Y eso es lo más mediocre de todo: no poder construir una crítica propia.
Porque muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras guardaron un silencio sepulcral ante excesos brutales de gobiernos anteriores. Ahí sí no había hilos en X ni editoriales indignados ni videos dramáticos con música de tensión. Ahí sí todo era “institucionalidad”, “estabilidad” y “no polarizar”.
Pero ahora descubrieron la democracia. Qué milagro.
Lo preocupante es cuando la crítica deja de buscar soluciones para convertirse simplemente en un acto de revancha. Hay quienes ya no quieren que le vaya bien al país; quieren que le vaya mal al gobierno, aunque eso implique pegarle a México completo. Y ahí es donde se pierde el piso.
Porque creer que los intereses de Estados Unidos automáticamente son los intereses de México es darse un balazo en el pie… y todavía presumir la puntería.
No, criticar a la 4T no te hace traidor. Pero usar el discurso, la presión y hasta las narrativas extranjeras como muleta porque no puedes construir una oposición sólida desde adentro sí habla de una pobreza política bastante triste.
Y ojo: esto no es defender al gobierno. Es defender tantita dignidad intelectual.
Porque atacar al rival cuando tienes detrás al país más poderoso del mundo no es valentía. Es comodidad. Es como sentirse muy gallo porque el grandote del salón te presta la espalda.
Y de esos, curiosamente, está llena la política mexicana.
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