DANIEL-FRAGOSO-EL SURTIDOR

Transmigraciones

La traducción de poesía no es un acto de copia ni un trámite administrativo entre dos diccionarios; es una transmigración de las almas, una alquimia ritual donde el verso ajeno muere en su cauce nativo para resucitar, con otra sangre pero la misma memoria, en las venas del idioma español. Si la lengua es una arquitectura de espejos, el poeta-traductor es el artesano que pule el cristal para que la luz vertida desde otras latitudes no se disperse en el vacío. Traducir poesía es tender un puente de seda sobre el abismo de la incomunicación humana, permitiendo que la música soplada en las costas del Atlántico o en los templos del Oriente resuene con idéntico escalofrío en el oído hispano.

Cada idioma custodia un secreto insular, un misterio fonético y conceptual que desafía el molde de la lengua castellana.

El inglés es una fragua de pedernal y hierro: directo, monosilábico, de cadencia percusiva. Traerlo al español exige esculpir la fluidez vocálica de nuestro idioma para que adquiera la gravedad sintética de la piedra anglosajona sin perder su soltura melódica.

El portugués es un río de penumbra y niebla marina. Su cadencia, impregnada de saudade, habla desde una nostalgia que se desliza entre vocales cerradas y susurros nasales. Su traslado al español —lengua hermana de luz más solar y categórica— requiere suavizar los contornos para no profanar ese velo melancólico.

El japonés, finalmente, es una pintura en tinta china sobre papel de arroz: contención, silencio y destello. La poesía nipona no busca la elocuencia, sino la iluminación instantánea (Sartori). Traducir el haiku o el tanka al español implica una ascesis verbal: aprender a callar en castellano para que la pincelada de un instante despliegue su horizonte infinito.

Empero, en la geografía literaria de México, la poesía propia siempre ha sido alimentada por el aire traído de otros mares. Una dinastía de navegantes del lenguaje ha dedicado su vida a cruzar el océano de las lenguas para enriquecer el tesoro de nuestra tradición.

En el siglo XIX, cuando la patria moldeaba su propia voz, los poetas volvieron los ojos a la Europa convulsa para romper la rigidez del molde colonial. Guillermo Prieto, Manuel Gutiérrez Nájera y Salvador Díaz Mirón escucharon en el francés la clave para desatar la rigidez del verso castellano. Al beber del estanque simbolista, estos pioneros hicieron sonar en español el rumor secreto del agua francesa:

Aquellas primeras importaciones de luz gala permitieron que la poesía mexicana abandonara la marcha del tambor neoclásico y descubriera las sutilezas de la música impresionista.

Después, el siglo XX representó la edad de oro de la transmigración lírica en México.  Alfonso Reyes, el orfebre de la prosa y el verso, trajo desde el francés y el inglés las arquitecturas de Mallarmé y Chesterton con la precisión de un filólogo que cultiva rosas.

Más tarde, Octavio Paz convirtió la traducción en una verdadera teoría de los espejos en Versiones y diversiones. Para Paz, traducir no era subordinarse al texto original, sino realizar una recreación analógica donde el poema renace en otra tierra. Paz tendió la mano al inglés de Ezra Pound, al portugués de Fernando Pessoa y, de forma monumental junto a Eikichi Suematsu, al japonés de Matsuo Bashō en Sendas de Oku (1957). Gracias a ese cruce, el silencio oriental fertilizó la lírica hispanoamericana:

En el umbral del nuevo milenio, la traducción de poesía en México se multiplica en una vasta red de arroyos. El siglo XXI ya no sólo mira hacia el centro del imperio anglófono o galo, sino que explora la periferia de las voces lusófonas, italianas y catalanas, reconociendo que cada lengua es un mapa completo del espíritu humano.

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