La clásica definición de la soberanía viene de la Edad Media; como principal característica el Estado nacional, difícilmente se sostiene ante la evolución del planeta desde las últimas décadas del siglo XX. Hay una razón elemental: las fronteras territoriales no detienen los flujos conducidos por la tecnología, dejaron de ser materiales, eso impide el control físico de su entrada, permanencia y salida del territorio nacional.
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Ejemplos más evidentes son: acceso a la información en tiempo real, independientemente dónde se genere; e incontrolable movimiento de capitales, con riesgo de desestabilizar las economías regionales.
Ya a finales de esa centuria, Rodrígo Borja, politólogo, ex presidente de Ecuador, explicó a detalle la evolución del concepto a la luz de la alteración de sus dos ejes principales: supremacía e independencia, y la incorporación de otros: autolimitación del Estado, comunidad internacional, brecha tecnológica y dependencia, y globalización. (Enciclopedia de la Política, FCE, México, 1997).
Durante las dos primeras décadas del siglo XXI, y señaladamente desde los primeros días de 2026, la geopolítica del planeta entró en un proceso de acelerados cambios con resultados radicales, generadores de desajustes y otros equilibrios. Estamos frente a la aparición de un nuevo orden internacional donde China se consolida como primera potencia, y se posiciona una derecha creciente en América Latina.
Nuestra extensa vecindad con los Estados Unidos de América es determinante, entre guiños y tensiones la relación bilateral alcanza niveles inéditos, hace pender de un delgado hilo la sociedad comercial tripartita iniciada el día 1 de1994.
Ese contexto trajo a la discusión nacional, como hacía tiempo no sucedía, la defensa de la soberanía, con dos variables sobre el mismo riel del combate a la delincuencia organizada: un diferendo entre los gobiernos federal y de una entidad federativa por la posible violación de esta a la regulación constitucional de la colaboración internacional; y destacadamente el trámite solicitado por el gobierno norteamericano con imputación penal a altos personajes de la clase gobernante.
La respuesta a eso se enmarcó con un discurso nacionalista donde la bandera de la soberanía se ha izado a toda hasta. Ha sido la reacción desde la Presidencia de la República, fundada en nuestra lucha histórica frente al intervencionismo padecido en y con diversos momentos y efectos.
A la soberanía se le puede explicar y defender hoy día desde diferentes ópticas: la teórica, añosa y harto superada; la épica, con la exaltación de las epopeyas históricas para animar al fervor patrio; y una objetiva, efectiva para atender el desafío a partir del fortalecimiento de la identidad nacional en la órbita de la interdependencia global.
Lo positivo de la coyuntura es la advertencia de las debilidades; imprescindibles de reconocer y solventar. Es el momento de construir un modelo formador de las generaciones más jóvenes con una visión muy generosa del mundo; pero fortalecida en el sentido de pertenencia a este gran país.
En esa ruta hay tres vías: formación, información y competencia; y el mejor vehículo para recorrerlas se llama educación. Un pueblo educado, pensante, con conocimientos actualizados, no sufrirá miedos ni tendrá límites a la imaginación, podrá vivir, convivir y sobrevivir mejor, en un mundo siempre cambiante e igual agresivo.
Por eso llaman poderosamente la atención – y más preocupan – las decisiones a contracorriente de una educación urgida de calidad para las niñas y los niños mexicanos. Cuando es notoria la necesidad de elevar el nivel educativo básico, de pronto, con razones poco sólidas se decide el recorte de las jornadas escolares, en modo cuasi festivo, como si de conocimiento estuvieran sobradas las nuevas generaciones.
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Poco valoraremos la independencia nacional, y menos capacidad tendremos de afrontar su defensa efectiva sin educación, si no remontamos la ignorancia, esa carencia de las mejores armas para convivir en paz.
La soberanía pasa imprescindiblemente por las aulas. Jugar con la premisa es carecer de un proyecto de nación. Adelanta una derrota en las batallas culturales y trifulcas políticas aludidas por Carlos Granés en El rugido de nuestro tiempo (Taurus, 2026), a veces decolonialista, otras panhispanista, va del insulto al lamento, pero merecedor de atención para entender ideas y valores influyentes del presente de nuestras sociedades.
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