Enrique Rivas columna Vozquetinta

Ser nostálgico para no morir

Lo malo de caer en la nostalgia es que uno termina por apoltronarse en ella. Como si se tratara de una confortable mecedora donde sentarnos a balancear aquel pasado idealizado que nos trajo muchos placeres anímicos, hoy, por desgracia, ausentes. La butaca que alguna vez nos prometió eternizarse y permanecer en el mismo rincón, siempre a nuestro servicio. La silla hecha a la medida de nuestros viejos objetivos de vida, desde la cual creímos poder cambiar el mundo al que ahora, no sin dolor, despertamos.

“Dolor del regreso”: eso significa, según sus etimologías griegas, la palabra nostalgia. Un dolor, sí, un intenso y punzante dolor, una enfermiza dolencia del espíritu, pero no tanto por regresar sino por no poder regresar. Porque el regreso absoluto es virtualmente imposible. O porque, dado que las circunstancias y las personas no son las de antaño, de lograrse un regreso así, éste apenas sería útil como mera evasión. La nostalgia, en suma, como válvula de escape de la añoranza.

Nostalgia de todo. En principio, de disponer de tiempo y de motivaciones para volver a soñar, proponer alternativas, abrir senderos a la creación. O nostalgia de un algo específico. Quizá, por ejemplo, el melancólico recuerdo de la patria chica, con mayor razón si nuestra tierruca, aunque no ha dejado de sernos umbilical, la sentimos ajena a los sentimientos que ahora nos sacuden. Como versificó mi admirado Juan Ramón Jiménez en un romance de su libro Pastorales (1911): “Muy buenas tardes, aldea, / soy tu hijo Juan, el nostáljico [sic, porque así escribía este gran poeta de Moguer].”

Nostalgia de nosotros, si cabe la licencia poética de desglosar este concepto también como nost-algia. El dolor de ser uno en nosotros mismos. El dolor de evocar lo que fuimos, lo que aspirábamos a ser, lo que pudimos concretar, lo que nunca logramos. El sano deporte de ponernos en una balanza, medirnos en santa paz y, lejos de anclarnos a quiméricos ayeres, sin triunfalismos ni depres, hallarnos todavía con ilusiones de vivir. Al menos que para eso sirva ejercitarnos a quienes formamos legión en las ligas mayores de la tan llevada, traída y contrastante tercera edad.

Voz y tinta. Dos nostálgicos dolores que me definen. Par de ramas mayores del árbol que me afinca a la madre tierra. Dupla de añorantes valores existenciales que se niegan a jubilarse porque yo, necio, rebelde e independiente como he sido desde preparatoriano, se los impido. Y ayeres como estos no voy a malgastarlos en presentes conformistas.

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