Ganas me darían de preguntarles al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl, en su papel de volcanes majestuosos, qué sensación les produce el hecho de que entre ellos se interponga un extenso puerto poblado de zacatones y suelos areniscos. Lo primero que me responderían, supongo, sería que el verbo que usé no es apropiado, porque eso de «interponer» suena a obstaculizar, como si el mentado llano fuese un estorbo o hasta un mal tercio para su legendario romance. “Mejor di que este puerto nos entrelaza en las alturas”, sería quizá su consejo; “y aunque te parezcamos cursis, que hasta nos sirve de columpio cuando queremos mecernos. Ya vez como somos de telúricos los dos”.
¿Y el nombre de ese paso entre montañas? ¿Les da escozor, les incomoda, lo aborrecen? La respuesta del Popo y el Izta, creo, sería negativa. Nada tiene de falacia que por ahí haya transitado en 1519 un conquistador español con sus huestes aliadas, argumentarían. Y no por eso deja de ser un hermoso paso natural, un peldaño sobre la escalera cósmica que sube del mar a la altiplanicie, una escala panorámica del camino a la que nosotros enmarcamos con nuestras nevadas cimas. “No cambiaríamos la interpretación de la historia de México con llamar de otra manera a este sitio de tránsito”, tal vez concluirían. “Y por favor, ya no nos interrogues, que nos metes en un predicamento.”
Paso de Cortés. A partir del 9 de agosto de 2026 no responde si no se dirigen a él como Paso de los Pueblos Indígenas. Para colmo, se trata de una denominación tan genérica que podría aplicarse a muchos otros parajes en el resto del territorio nacional, igual o incluso más merecedores de ese título. ¡Pero qué necedad con el revisionismo demagógico! Y peor cuando se impone como doctrina purificadora, por simple voluntarismo presidencial, sin debates, consultas o análisis históricos rigurosos.
Puente de Alvarado, Árbol de la Noche Triste, Mar de Cortés… ¿Qué mudanza toponímica o de nomenclatura urbana seguirá mañana o pasado? ¿Qué memoria territorial se borrará del lenguaje? Al Metro Villa de Cortés, en la capital de la república, ¿se le añadirán dos letras para convertirlo en Metro Villano de Cortés? La Cruz del Marqués (máxima altura del volcán Ajusco y a la vez mojonera que señalaba el inicio del Marquesado del Valle), ¿pasará a intitularse la Cruz de las Culturas Originarias o algo por el estilo? ¿Cómo rebautizarán al señorial Palacio de Cortés, en Cuernavaca, y a la ruinosa Casa de Cortés, en La Antigua Veracruz? ¿Qué nombre sustituirá al ancestral de Marquesado, uno de los rincones más emblemáticos de la ciudad de Oaxaca? El municipio veracruzano de Medellín, ¿dejará de llamarse así para no homenajear al lugar donde nació Hernán Cortés?
Cosas veredes, Sancho. En una de esas son capaces de remplazar definitivamente el topónimo Guadalajara por otro que sí suene algo indígena o al menos indigenizado, digamos Guadalajaratán o Guadalajaratitlán, so pretexto de que el fundador del primer asentamiento de la hoy metrópoli tapatía, Nuño Beltrán de Guzmán, alias “el Matarife” (así lo apodó el historiador Luis González y González), le puso dicho nombre de raíces árabes para recordar el de su natal Guadalajara en España. Y entonces sí, ¡a cantar El guaco se ha dicho!
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