Todas las mañanas, Lucía espera la colectiva que la lleva a su trabajo en la esquina de siempre. Sale con mucho tiempo de anticipación y por lo regular lleva el cabello todavía húmedo. La gente alrededor agradece la fragancia que roció una hora antes sobre su piel.
Pero pronto ese instante placentero será opacado por el olor a gasolina que enrarece el interior de la camioneta tipo van que se estaciona para levantar a los pasajeros.
Antes de entrar, Lucía se da cuenta de que no hay lugares disponibles. Por un momento duda en abordar, pero se da cuenta de que, si espera a la siguiente, llegará tarde. No tiene opción, y se resigna a colgarse del tubo oxidado que algún herrero instaló para sobrecargar la van que la transporta.
Ya en el interior, Lucía tiene que mantener el equilibrio durante el viaje; cada semáforo tiene que mantener el equilibrio con sus piernas para no caer, como si estuviera surfeando. Pero el escenario en el que está dista mucho de una playa: el calor proviene del exceso de pasajeros, la falta de ventilación y el espacio reducido.
Por eso resulta inverosímil que ahora que el gobierno estatal autorizó un aumento de 20% para el transporte colectivo las autoridades argumenten que, a cambio, los transportistas tienen que mejorar el servicio y respetar la ley en la materia.
¿Antes no se verificaba? ¿Qué incentivo habrá para que los inspectores ahora sí metan en cintura a los cafres?
El futuro es previsible: el transporte colectivo seguirá igual, no habrá cambios porque ni siquiera hay un plan para mejorarlo. El viejo modelo de transporte concesionado tiene larga vida por delante.
Lo mismo sucederá con los taxis, que también esperan un ajuste en sus tarifas. Y aunque en los hechos ya cobran lo que quieren, con el aumento podrán abusar más de los usuarios, que se encuentran a la deriva de un sistema obsoleto, que solamente conviene a las autoridades y a los concesionarios.
Hasta pronto, Gerardo Neria
El miércoles pasado dejó este mundo el periodista Gerardo Pérez Neria, con quien trabajé durante una década en El Independiente de Hidalgo. Aunque tenía años que no platicábamos, porque al final nos distanciamos, los recuerdos que compartimos en esa mesa de redacción quedarán grabados sobre piedra. Pude saludar en el velatorio a su esposa e hijos, quienes más sufrirán su partida. Coincidí con otros colegas de antaño, con quienes compartí momentos de tensión, pero también de satisfacción periodística. Que descanse en paz.
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crs

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