DANIEL-FRAGOSO-EL SURTIDOR

La epidemia del hiperestímulo

Nadie pensó que llegaríamos a este punto de nuestra existencia, donde las pantallas dominan la mayoría de las conversaciones en el mundo; ya sea por el contenido de sus productos o por lo que nos significan en la cotidianidad. Justo ahora, nuestro país vive un interesante debate sobre lo que tendrá que pasar con el uso y abuso de las pantallas en las infancias, nuestros niños y adolescentes presentan una vulnerabilidad sin precedentes hacia la adicción a los dispositivos digitales. Lejos de ser un simple problema de disciplina familiar, este fenómeno responde a una intersección de factores biológicos, genéticos, neuroquímicos y socioculturales que exponen la fragilidad del neurodesarrollo infantil.

Desde la neurobiología, el cerebro de los niños en el grupo etario de 3 a 12 años posee un córtex prefrontal inmaduro, el área del cerebro a la que nos referimos es la encargada de la autorregulación, la planificación y el control de impulsos. En contraste, el sistema límbico que presentan los infantes en esta etapa, que es el centro emocional y de búsqueda de placer, está completamente activo. Esta asincronía hace que la voluntad infantil sea insuficiente frente al diseño algorítmico deliberado.

Neuroquímicamente, la interacción digital activa el circuito mesolímbico de recompensa. Los estímulos dinámicos provocan ráfagas de dopamina mediante esquemas de refuerzo intermitente (recompensas impredecibles). Tal como lo advierte el neurocientífico Michel Desmurget, la sobreexposición continua satura los receptores dopaminérgicos, elevando la tolerancia y generando irritabilidad o apatía ante las actividades del mundo real.

A nivel genético, variantes en genes receptores de dopamina como el DRD4 predisponen a ciertos niños a buscar estímulos más intensos, volviéndolos naturalmente susceptibles a las plataformas interactivas. Lo que significa que las generaciones nacidas entre las décadas de 2010 y 2020, presentan cierta predisposición heredada por sus progenitores.

En el ámbito antropológico y pedagógico, David Le Breton ha reflexionado sobre la “desencarnación” del cuerpo en la era digital: la infancia ha perdido el juego libre al aire libre, la manipulación del entorno tridimensional y el contacto comunitario directo. Las pantallas han pasado a ocupar el vacío de la vida pública y a funcionar como un “chupete emocional”, donde los padres, sometidos a la tecno-crianza y a sus propias dependencias tecnológicas, delegan la regulación afectiva del niño en un dispositivo.

Diversos estudios han manifestado que para mitigar esta predisposición y reconectar a la infancia con el entorno físico y emocional, la psicología del desarrollo propone un protocolo de intervención en el hogar basado en tres pilares; el primero está en la reestructuración del ambiente y la generación de zonas libres de tecnología; lo cual requiere establecer una arquitectura doméstica en la que los dormitorios y la mesa del comedor queden totalmente exentos de dispositivos móviles. De igual manera, este planteamiento recomienda retirar las pantallas al menos dos horas antes de dormir ya que esto previene la supresión de melatonina y restaura los ciclos circadianos indispensables para la maduración cerebral.

El segundo pilar que propone ⁠la literatura al respecto, es el modelamiento parental activo y la coregulación emocional, en él, los adultos deben asumir el principio pedagógico de aprendizaje por imitación. Esto significa que se requiere reducir el propio consumo digital en presencia de los hijos y sustituir el “chupete digital” por estrategias humanas de regulación afectiva como la escucha activa, el contacto físico y la validación emocional, cuando el menor experimente frustración o aburrimiento.

El tercer pilar propuesto es la restitución del juego sensorial y la experiencia encarnada, el cual consiste en restituir el tiempo pasivo frente al dispositivo por actividades sensoriomotrices como lo es el deporte al aire libre, la lectura compartida, las artes plásticas y el juego no estructurado. Recuperar la estimulación del mundo real permite reconectar la plasticidad neuronal con la adquisición natural del lenguaje, la empatía y la atención sostenida.

Por lo tanto, sin vacuna evidente, nos queda asumir la responsabilidad de combatir la epidemia del hiperestímulo desde el desarrollo de un humanismo digital que nos mantenga anclados a la realidad.  

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