Con una quena entre las manos y melodías andinas que resuenan entre las calles de Pachuca, Gerardo Santiago Olivo, originario del municipio de Tezontepec de Aldama, ha convertido la música en una forma de vida y en un medio para sostener a su familia.
Todos los días viaja desde su municipio hasta la capital hidalguense para recorrer distintas colonias y espacios públicos, donde interpreta canciones tradicionales con instrumentos de viento andinos, principalmente la quena, considerada uno de los instrumentos musicales más antiguos del continente americano.
La quena forma parte importante de la identidad cultural de países como Perú, Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia y el norte de Argentina, y aunque este género musical no es originario de Hidalgo, Gerardo encontró en él una pasión que lo acompaña desde la infancia.
Entre colonias, banquetas y plazas públicas, el músico comparte sonidos característicos de la música andina con personas que diariamente transitan por Pachuca. Algunos se detienen a escucharlo por unos minutos, otros le brindan monedas o compran las pequeñas artesanías que también elabora de manera manual.
“Yo aprendí a puro oído”, relató Gerardo al recordar sus primeros acercamientos con la música. Explicó que comenzó a tocar aproximadamente a los 12 años, motivado por el gusto que le generaban las melodías andinas.
“Ahorita ya hay tutoriales y todo eso para aprender, pero yo aprendí escuchando nada más”, comentó.
Desde entonces, tocar instrumentos de viento se convirtió en parte de su vida cotidiana. Actualmente, además de dedicarse a la música urbana, también trabaja en la albañilería para complementar sus ingresos y poder sostener a su familia.
Sin embargo, aseguró que salir a tocar diariamente sigue siendo una de las actividades que más disfruta. “Lo que más me gusta es toda la música andina, es muy bonita”, expresó.
Gerardo explicó que diariamente se traslada desde Tezontepec de Aldama hasta Pachuca para trabajar entre seis y siete horas. Durante ese tiempo recorre distintos puntos de la ciudad llevando consigo sus instrumentos y sus artesanías.
Aunque reconoce que actualmente las aportaciones económicas de las personas han disminuido, continúa saliendo todos los días con la esperanza de obtener recursos suficientes para su hogar.
“Como que ya ha bajado un poquito, pero lo poquito que cae ayuda”, comentó.
Uno de los mayores retos de su rutina diaria es soportar las altas temperaturas y el desgaste físico de permanecer varias horas caminando o tocando bajo el sol.
“Creo que lo más difícil es el calor”, dijo. No obstante, aseguró que continúa disfrutando la experiencia de compartir música con la gente.
Además de interpretar melodías andinas, Gerardo también fabrica pequeños llaveros con forma de zampoña o siku, otro instrumento tradicional sudamericano elaborado con tubos huecos de carrizo.
Cada una de estas piezas es hecha artesanalmente por él mismo, desde la selección y secado del material hasta el ensamblado final.
“Busco el carrizo, lo selecciono, lo dejo secar y ya después voy haciendo los llaveros”, explicó mientras mostraba las pequeñas zampoñas que vende en 30 pesos.
Para Gerardo, la música no solo representa un trabajo, sino también una herencia que desea transmitir a sus hijos. Contó que tiene tres hijos y que algunos de ellos también han comenzado a aprender a tocar instrumentos andinos.
“Sí, también andan tocando de vez en cuando, pero están estudiando. La más chiquita tiene cinco años y ya también le estoy enseñando”, compartió con orgullo.
Con cada interpretación, Gerardo Santiago Olivo mantiene viva una tradición musical latinoamericana que pocas veces se escucha en las calles hidalguenses, convirtiendo las avenidas de Pachuca en escenarios improvisados donde la quena y la zampoña encuentran eco entre el ruido cotidiano de la ciudad.


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