La Santa Madre de la lengua castellana consigna en su lexicón que «renombrar», además de ser un verbo ya desusado, tenía antes únicamente dos acepciones: 1) dar nombre; 2) apellidar. Excluye la arcaica academia otro uso, este sí vigente, del vocablo: re-nombrar, volver a nombrar, en el sentido de asignar una nueva denominación al mismo objeto o suceso. Y no siempre como mero ejercicio de enriquecimiento filológico o creatividad, sino con fines de tergiversación ideológica. Una suerte de «¡El ladrón huyó por allá!», frase esgrimida por el propio caco para desviar la atención y, principalmente, manipular, verbo favorito de la casta política. Ahí está Trump, con su Gulf of America y su Lake America, más su intención de rebautizar al estado de New Mexico como New America.
Equiparo el lenguaje a un huracán de categoría 5 cuando devasta, anega, derrumba, arrastra vidas, haciendas y, de paso, también significados y significantes. En tales casos, su golpeteo inmisericorde no concede tiempo ni lugar para meditar e intentar un correctivo. Es la fuerza implacable de la agorera Inteligencia Artificial que hoy, apenas iniciada su historia, ya tiene quien pretende endiosarla bajo un término más audaz: Superinteligencia, con todo lo que insinúa de supremacía y superioridad el prefijo «súper». Un problema, si quiere vérsele así, de sicolingüística. La palabra misma como fetiche.
La utilización excesiva de un concepto, sin embargo (cuantimás si es un concepto «renombrado», aunque el diccionario no defina a esta voz como algo «nombrado de nuevo» sino como «famoso, conocido y admirado por su excelencia») lleva a su desgaste y termina por desdibujar lo que alguna vez quiso ser su contenido. «Corrupción» es el prototipo de ello. Más que basarnos en un «qué es» para saber cuándo y cómo asignar tal palabra a una persona, habría que preguntarnos primero: ¿qué no es la corrupción?, ¿qué no define? El terminajo se ha convertido en muletilla, aplicable a todo, pero su fuerza rebasa ya su etimología (del latín corrumpere: arruinar, alterar, destruir, pudrir) para centrarse en el uso indiscriminado que hoy en día se le da como arma de insulto, agresividad, vejación y, antes que nada, condena, por comprobable o incomprobable que ésta sea. ¿No vale aquí entonces hablar también de corrupción del lenguaje?
Si en el principio fue la palabra, si ella fue la Génesis de la existencia misma, ¿dónde está ahora la llave de su ejercicio?, ¿dónde quedó su eficacia como vínculo comunicativo?, ¿dónde se oculta su nobleza ancestral?… Renombrar para desvirtuar no es la alternativa adecuada. Palabra que no.
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