DANIEL-FRAGOSO-EL SURTIDOR

En el corazón del código

El pensamiento contemporáneo no exige simplemente profesionales de la técnica, sino arquitectos del sentido. Formar licenciados, maestros y doctores en humanidades es hoy una urgencia ontológica: la labor de custodiar la condición humana en un tejido social cada vez más mediado por algoritmos. La tecnología no es neutral; moldea la arquitectura misma de nuestra conciencia. Pero la tecnología tiene una fecha de caducidad más próxima que la de nuestra propia especie.   

En el contexto actual, el humanismo digital trasciende la mera alfabetización tecnológica. Se erige como una filosofía crítica frente al determinismo técnico. Como señala Byung-Chul Han, la hiperconexión despojada de alteridad erosiona nuestra propia sustancia: «El hombre digital ha abolido al otro […] La relación con los demás se convierte en una inversión». Ante este repliegue del yo en el ecosistema digital, la formación superior en artes, letras y filosofía devuelve al sujeto la capacidad de empatía, el pensamiento contemplativo y la capacidad de asombro.

Es cierto, nuestra realidad requiere de potencial humano capaz de hacerle frente a las complejidades del desarrollo económico; pero también es imperante impulsar a  profesionistas para que desarrollen su sensibilidad, creatividad y puedan ser ellos quienes nos ayuden a explicar y comprender el mundo.

Asimismo, no habitamos ya un entorno puramente analógico ni puramente virtual, sino una realidad híbrida. Luciano Floridi aprehende esta transformación radical de nuestra identidad al afirmar que los seres humanos se han convertido en “organismos informacionales (inforgs) compartiendo la infoesfera con otros agentes informacionales”. En este escenario, los posgrados en humanidades proveen las herramientas conceptuales necesarias para no naufragar en la mera acumulación de datos y para diseñar interfaces de convivencia éticas. 

El desafío clave reside en superar la falsa dicotomía entre cultura y tecnología. El filósofo Yuk Hui insiste en la necesidad de reconciliar ambas esferas para evitar la alienación, proponiendo “una especie de humanismo tecnológico que reúna dos esferas de existencia que se han vuelto alienadas la una de la otra”. 

Hui rebate la idea de que la tecnología es universal o neutral. Propone que cada cultura debe integrar su propia cosmovisión y valores filosóficos en el desarrollo tecnológico, evitando la homogeneización del pensamiento globalizado.

A diferencia del rechazo de la tecnica, Hui aboga por un nuevo humanismo que entienda la tecnología como una dimensión propia de la cultura humana.

En clave a ello, la misión de las humanidades digitales no es oponerse al código, sino diversificarlo e impregnarlo de sentido ético y filosófico.

Por ello, creo que el formar humanistas equivale a cultivar faros de lucidez: mentes capaces de interrogar a la máquina, dotar de propósito al algoritmo y recordar que, en el corazón del código, la pregunta fundamental sigue siendo qué significa ser humano.

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