El Mundial también se juega lejos del Zócalo

A veces pareciera que México cabe en unas cuantas cuadras de la Ciudad de México.

Durante días hemos visto imágenes de bloqueos, marchas, plantones y disputas políticas alrededor de la CNTE. Y sí, son importantes. La capital es el centro político del país, el lugar donde se toman decisiones que terminan afectando a millones de personas. Lo que ocurre ahí merece atención.

Pero México es mucho más grande que eso.

Mientras las cámaras apuntan hacia el Zócalo, millones de personas siguen con su vida cotidiana en Monterrey, Mérida, Tijuana, Pachuca, Oaxaca, Guadalajara, Ciudad Juárez y cientos de municipios donde las preocupaciones son otras: llegar al trabajo, sacar adelante un negocio, pagar las cuentas, llevar a los hijos a la escuela o simplemente encontrar un momento para disfrutar.

Aquí mismo, en Hidalgo, la realidad de los últimos días ha estado marcada por las lluvias. Hay municipios que han solicitado apoyo directo del gobierno federal porque varias comunidades quedaron incomunicadas. Los videos que circulan en redes sociales muestran caminos destruidos, corrientes de agua atravesando calles y familias tratando de recuperar algo de normalidad después de las tormentas.

Esas imágenes no aparecen con la misma frecuencia en las pantallas nacionales, pero también cuentan la historia del país. También son México.

La comunicación entre comunidades, la recuperación de carreteras, los apoyos para quienes perdieron parte de su patrimonio y la atención a las zonas afectadas son asuntos tan importantes como cualquier discusión que ocurra en la capital. El país no se detiene en el Zócalo, ni sus problemas terminan donde acaba Paseo de la Reforma.

Por eso resulta curioso escuchar que el Mundial está en riesgo porque algunas vialidades de la Ciudad de México están tomadas. Como si el torneo fuera un evento exclusivo para quienes viven a unos kilómetros del Centro Histórico.

La realidad es distinta.

La inmensa mayoría de los mexicanos no verá los partidos desde las tribunas. Los verá en la televisión, en un restaurante, en la sala de su casa, en una pantalla instalada en una plaza pública o rodeado de amigos en cualquier rincón del país. Y si la selección mexicana logra una actuación memorable, la celebración no ocurrirá únicamente en Paseo de la Reforma.

Habrá festejos en plazas, parques, calles y avenidas de todo México.

Porque el Mundial no pertenece a una ciudad. Pertenece a millones de aficionados que lo viven desde donde están.

Eso no significa ignorar los problemas nacionales ni fingir que no existen. México sigue enfrentando desafíos enormes en materia de seguridad, economía, educación y desarrollo. Tampoco significa olvidar a las comunidades que hoy necesitan ayuda tras una inundación o una tormenta. Nada de eso desaparece porque ruede un balón.

Pero tampoco hay razón para convertir cada acontecimiento en una extensión de nuestras disputas políticas.

Los mundiales tienen algo extraño y valioso: durante unas semanas consiguen que personas que normalmente no coinciden en nada compartan una emoción común. El vecino que piensa distinto, el compañero de trabajo, el comerciante, el estudiante y el jubilado terminan viendo el mismo partido y celebrando el mismo gol.

Quizá por eso valga la pena recordar que México es más grande que sus conflictos y mucho más grande que su capital.

La Ciudad de México seguirá siendo el corazón político del país. Pero cuando empiece a sonar el silbatazo inicial, la fiesta se escuchará desde mucho más lejos que el Zócalo. Y mientras eso ocurre, el resto del país seguirá enfrentando sus propios retos, algunos tan urgentes como reconstruir caminos, restablecer comunicaciones y ayudar a comunidades que hoy esperan ser escuchadas.


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