Sin Protocolo

El grito que se quedó en la garganta

La resaca mundialista del lunes es insoportable. Lo que debería ser un lunes lleno de imágenes de mexicanos celebrando junto a la Selección Nacional se cambió por lo que el algoritmo pensó que era lo más oportuno: comentarios de la muy primitiva prensa deportiva nacional, videos de ingleses triunfadores y uno que otro provocador que busca ganar interacción a costa del dolor ajeno.

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Entre esos comentarios estaban los argetinos vociferando: que los mexicanos no nos tiramos al suelo por la derrota de una selección nacional. Tienen razón. Lo que no entiende el mundo es que nosotros sabemos vivir y sabemos morir.

Durante 4 partidos el mundo vio la manera en que somos capaces de vivir y de inventar tradiciones surrealistas que nos hacen únicos. Estas expresiones, en su mayoría creadas por gente común y corriente, nos tuvieron riendo y comentando a diario sobre la locura que era tener un Mundial en casa.

Pero esa misma gente que le da vida y folclor al país no fue invitada al recinto donde se libraría la batalla futbolera, y eso se notó por todos lados.

El Estadio Azteca no pesó como antes: un lugar diseñado para que el pueblo vitoreara a sus héroes fue, en los hechos, vetado para el pueblo. Adentro, gente pudiente, con recursos económicos, influencers y hasta un grupo de rock pop ocuparon los espacios del pueblo, pero ni con todo y su dinero lograron contagiar a los jugadores del ánimo que se vivía afuera. Se conformaron con ver el partido como si estuvieran en una sala de cine, mientras la verdadera fiesta, la que empuja, la que grita, la que hace que un jugador sienta que no puede fallarle a su gente, se quedó en la calle.

Afuera, el estudiante, el obrero o el burócrata de bajo nivel que sale diario a partirse el lomo para sobrevivir quería festejar en las calles. Él sabe sacrificarse, y por eso mismo también sabe vivir al límite cuando toca. Algo que los gobernantes en turno no entienden, porque ellos ya tienen la vida resuelta y lo juzgan como algo extraño.

Los mexicanos queríamos celebrar por algo que celebrar. Que existía un motivo para sentirse mexicano. Lo pudo hacer en 4 partidos contra rivales inferiores, pero nos topamos con una selección, y un país, que hace mejor las cosas en materia de futbol.

Inglaterra ya iba ganando desde antes del partido: con sus cánticos de guerra y una afición que no se dejó amedrentar. Acá lo contaminaron todo.

La mercadotecnia quiso vender la ilusión del triunfo con la frase “¿Y si sí?”, que retrata la poca confianza que se le tiene a la Selección y que busca en un milagrito la solución ante un rival superior, en lugar de buscarla en el trabajo diario y en construir una cultura deportiva distinta.

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Al final, el verdadero grito, el que quería estallar para decir que las cosas podrían cambiar, se quedó, otra vez, en la garganta. El corazón buscará una nueva forma de encontrar consuelo. Tal vez en la comida, en la música o en el sol.

México sabe morir y encontrará una nueva forma de vivir. Lo hacemos a diario. Es parte de nuestro día a día. Lo sabemos hacer con una sonrisa, porque ya sabemos que el próximo Mundial en casa no lo vamos a organizar nosotros: lo van a organizar los mismos de siempre, para los mismos de siempre, y a nosotros otra vez nos va a tocar la calle.

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acf


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