En El Beso de Mayahuel, Raúl ha procurado que los sabores cuenten de dónde vienen
Antes de convertirse en fundador de El Beso de Mayahuel, Pulque, Curados y Antojería, Raúl Guerrero Bustamante fue un niño que acompañaba a su abuelo por ranchos y haciendas, entre tinacales, tlachiqueros y pulqueros. Ahí, sin imaginar que años después haría de esa tradición parte de su vida, comenzó su vínculo con el maguey y el pulque.
Originario de Pachuca, pero con raíces familiares en el Valle del Mezquital y la comarca minera de Omitlán, Guerrero Bustamante recuerda que buena parte de su infancia transcurrió entre los libros de su abuelo, antropólogo, etnógrafo e investigador, y las salidas de campo que realizaba por diferentes comunidades. “Desde pequeño me tocó vivirla”, recuerda.
Aquellas visitas a los ranchos y haciendas fueron dejando huella. Su abuelo tenía amigos entre tinacaleros, pulqueros y tlachiqueros, mientras que su abuela admiraba profundamente ese trabajo. Para Raúl, convivir con ese mundo terminó convirtiéndose en algo cotidiano y, con el paso de los años, en una causa.
Periodista e investigador, Guerrero Bustamante prefiere no hablar de “rescate” cuando se refiere al trabajo que ha realizado alrededor del maguey, el pulque y la gastronomía tradicional de Hidalgo. Para él se trata de activismo: mantener vivas prácticas que durante años fueron ignoradas o poco valoradas.
Fue así como en 2010, junto con otras personas interesadas en esta cultura, comenzó un proyecto que originalmente buscaba crear un museo del maguey y el pulque en Tepeapulco.
De aquel esfuerzo surgió el Congreso Nacional del Maguey y el Pulque, un espacio en el que especialistas de diferentes disciplinas comenzaron a estudiar y divulgar esta tradición desde perspectivas biológicas, antropológicas, etnográficas y de comunicación.
Raúl recuerda que entonces el panorama era muy diferente al actual. Mientras hoy el pulque ha recuperado presencia y despierta interés entre nuevos consumidores, en aquellos años atravesaba lo que describe como un “apagón cultural”.
“Era despreciado, era ignorado, era mal pagado; era el apagón total”, relata.
El congreso creció y salió de Hidalgo para llegar a otros estados. Al mismo tiempo, Raúl continuó abordando el tema desde el periodismo, mediante reportajes y producciones audiovisuales.
Pero faltaba convertir todo aquel conocimiento en un espacio donde las personas pudieran probar, conocer y vivir esa cultura.

El nacimiento de El Beso de Mayahuel
La idea llegó de una conversación con su esposa. Al observar la actividad turística de Huasca de Ocampo, ambos comenzaron a preguntarse por qué, siendo un Pueblo Mágico rodeado de historia y tradiciones, no existía un espacio dedicado al pulque como parte de la experiencia de sus visitantes. La casualidad terminó por darle sentido al proyecto.
Cuando encontraron el pequeño inmueble donde establecerían el negocio, los propietarios les contaron que muchos años atrás ese mismo lugar había sido una pulquería y formaba parte del antiguo mesón de Huasca.
El inmueble, construido con adobe, necesitaba intervención. Lo recuperaron y, con apoyo arquitectónico, buscaron conservar su esencia sin intentar reproducir una antigua pulquería. El resultado fue un concepto que Raúl define como una “neopulquería”.
Así nació El Beso de Mayahuel, Pulque, Curados y Antojería, que este año cumple ocho años de historia.
Desde el principio hubo una preocupación fundamental: que quien llegara a probar el pulque por primera vez se llevara una buena experiencia.
Por ello buscaron un proveedor de Singuilucan que les garantizara calidad. Para Raúl, dignificar esta bebida también significa cuidar su limpieza, procedencia y presentación.
“Hay mucha gente que llega aquí a probar por primera vez el pulque”, cuenta. Y algunos de aquellos curiosos que llegaron sin conocerlo terminaron convirtiéndose en clientes frecuentes.

Servir también un pedazo de Hidalgo
En El Beso de Mayahuel, Raúl ha procurado que los sabores cuenten de dónde vienen.
Para los curados utilizan productos mexicanos y, cuando es posible, ingredientes de comunidades cercanas. La fresa llega de productores de Huasca y la manzana puede provenir de Omitlán.
También han experimentado con otros productos, entre ellos destilados y una ginebra elaborada con pulque y enebro de Omitlán.
La intención es sencilla: recuperar aquella lógica de consumir lo producido en el propio territorio y permitir que quien llegue a Huasca pueda llevarse, a través del sabor, una parte de Hidalgo.
Su establecimiento también se ha convertido en un espacio para actividades culturales, mientras Guerrero Bustamante continúa involucrado en proyectos relacionados con el patrimonio y el Geoparque Comarca Minera.
Pero detrás de las bebidas, los eventos y los años de investigación permanece aquella experiencia que comenzó en su infancia.
Ahora, cuando habla de turismo comunitario, Raúl piensa precisamente en las personas que conoció desde entonces: quienes recolectan hongos, trabajan el maguey, producen alimentos, elaboran artesanías o conservan conocimientos transmitidos durante generaciones.
Considera que Huasca tiene la oportunidad de ofrecer al visitante algo más que un recorrido turístico: la posibilidad de acercarse a quienes mantienen vivas sus tradiciones. Para él, ahí está también el futuro del turismo en Hidalgo.
Después de años como periodista, investigador, servidor público, promotor cultural y emprendedor, Guerrero Bustamante mantiene en El Beso de Mayahuel una historia que comenzó mucho antes de abrir sus puertas.
Comenzó cuando era niño, acompañando a su abuelo al campo. Hoy, cada vaso de pulque que sirve a alguien que lo prueba por primera vez mantiene vivo un fragmento de aquella historia.

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