Sin Protocolo

Claudia, la soberanía y el bienestar

El domingo pasado, en Hidalgo, la presidenta Claudia Sheinbaum no vino nada más a dar su informe de gobierno. Vino a dar una clase de historia con intención política muy clara. Habló de Miguel Hidalgo, de Morelos, de Guerrero y los héroes de la independencia. Habló de los intervencionistas de siempre, esos que en distintos momentos de nuestra historia han querido meter gobiernos extranjeros a revolverse los privilegios. Habló de la reforma del 57, de la revolución, y amarró todo ese hilo histórico con lo que su gobierno llama la cuarta transformación.

El truco retórico, hay que decirlo con todas sus letras, es que convirtió el presente en una batalla de soberanía. Gobiernos extranjeros, dijo, están pagando sumas importantes a medios de comunicación para imponer contenidos de derecha. Intervencionismo puro, según ella, y ahora hay que defenderse desde otra trinchera, ya no con ejércitos sino con narrativas.

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Aquí es donde la cosa se pone interesante para nosotros, los de a pie, los que vivimos la política todos los días en Hidalgo. Porque mientras la presidenta piensa en trincheras internacionales y en gobiernos extranjeros financiando agenda, aquí en el territorio hay funcionarios y aspirantes morenistas que no logran salir, ni política ni mentalmente, del rancho. Personajes pequeños, con espectro político todavía más pequeño, que aspiran a cargos más grandes sin entender siquiera el mensaje de su propia presidenta. Están tan metidos en su grilla local, calculando quién sucede a quién y quién le hace el feo a quién, que se les olvida para qué están sentados donde están sentados.

Y aquí va la idea que, para mí, fue la verdadera joya del discurso presidencial: la soberanía también se construye con bienestar. Los programas sociales y la búsqueda del bienestar del pueblo son, en el fondo, parte de defender la soberanía nacional. No hay manera de defender la patria de intervencionismos extranjeros si el municipio de al lado no tiene agua, si la gente sigue esperando lo más básico para vivir con dignidad.

Ahí debería estar el foco de cualquier gobierno, sea municipal, estatal, o de cualquier delegado con aspiraciones mayores. Antes de meterse en grillas locales, antes de calcular movimientos para la siguiente silla, deberían estar buscando el bienestar concreto de las personas que gobiernan. Los resultados, al final del día, van a poner a cada quien en su lugar, en la silla que le toque o en donde termine acomodándose según su desempeño. Pero eso es apenas un premio de consolación si no se atendió primero el principio básico: gobernar es servir, no es hacer antesala para el siguiente puesto.

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La lección de la presidenta, guardadas las proporciones y las distancias ideológicas de cada quien, debería aterrizar en Hidalgo con esa misma claridad. Menos cálculo de pasillo, menos rancho mental, más bienestar real y palpable para la gente. Lo demás, como siempre en esta tierra, es puro ruido de pasillo disfrazado de estrategia.

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