DANIEL-FRAGOSO-EL SURTIDOR

Capacidad de dudar

El homo sapiens del siglo XXI habita una paradoja existencial: nunca antes tuvimos tantas herramientas para dominar el tiempo, y nunca antes nos sentimos tan esclavizados por él. La desesperación contemporánea no es un mero fallo psicológico; es una crisis antropológica y filosófica profunda, moldeada por la cultura de la inmediatez técnica y el capitalismo de rendimiento.

Desde una perspectiva filosófica, Byung-Chul Han señala que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del cansancio. Ya no estamos sometidos a un opresor externo, sino a nuestro propio ego autoexplotador que busca optimizar cada segundo. En este ecosistema, la espera ya no se entiende como un espacio de reflexión, sino como un fallo del sistema, una pérdida de valor económico. Al erradicar el “tiempo contemplativo”, hemos destruido nuestra capacidad de habitar el presente. La desesperación es, en esencia, la angustia de un vacío que intentamos llenar con estímulos constantes.

Antropológicamente, la evolución no nos preparó para la hiperconectividad. Durante milenios, el ser humano reguló su existencia mediante ritmos orgánicos y estacionales. Hoy, la digitalización ha licuado esas fronteras, creando lo que Zygmunt Bauman denominó modernidad líquida. Las relaciones, las identidades y los trabajos son efímeros. Al carecer de certezas y estructuras sólidas a largo plazo, el ser humano se aferra a la gratificación instantánea como un mecanismo de supervivencia emocional.

La desesperación del siglo XXI es, por lo tanto, el síntoma de un choque inevitable: el de nuestra biología ancestral, que necesita pausa y arraigo, contra una maquinaria tecnosocial que nos exige ser omnipresentes, perfectos y veloces. Nos hemos convertido en náufragos de un océano de algoritmos, desesperados no por falta de futuro, sino por la incapacidad de sostener el peso del ahora.

El siglo XXI asiste a una mutación silenciosa: el desplazamiento del raciocinio humano hacia la inteligencia artificial. Desde una perspectiva filosófica, este fenómeno no representa una pérdida de capacidad biológica, sino una renuncia voluntaria de nuestra soberanía cognitiva. Al delegar el pensamiento crítico, la memoria y la deliberación ética a los algoritmos, el ser humano experimenta una atrofia de su propia facultad de juzgar.

Vivimos en la era de la cognición externalizada. Lo que el filósofo Bernard Stiegler llamaba “proletarización” —la pérdida del saber hacer a manos de las máquinas industriales— se ha transformado hoy en la pérdida del saber pensar. La IA no solo procesa datos; nos devuelve respuestas masticadas que anulan el esfuerzo del cuestionamiento. Pero no deja de ser una herramienta, y una herramienta sin que exista un ser humano que sepa usarla, no sirve.

El peligro filosófico no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos terminemos pensando de manera puramente mecánica, binaria y predictiva, como ellas.

Al final, la razón moderna, que nació en la Ilustración como un faro de emancipación y autonomía, corre el riesgo de convertirse en una herramienta de confort y sumisión tecnocrática. Arrinconados por la eficiencia del silicio, arriesgamos lo más humano: la valiosa y necesaria capacidad de dudar.

Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *