Todo lo reduje a cuatro letras: Día T. Así se me ocurrió el miércoles 19 de septiembre de 2001 bautizar en mi columna “Desplumadero”, publicada en el periódico Síntesis Hidalgo, lo acontecido una semana antes en Nueva York. Recurrí a la letra T por su sonoridad y como recurso mnemotécnico, tomando de parangón el Día D durante la Segunda Guerra Mundial, por ser, en este segundo caso, la inicial de las palabras-clave que según yo definían al 11-S: Twin Towers, terrorism, tragedy y, por supuesto, television.
A esta última la llamé “la estrella, la diva, la prima dona del martes 11 de septiembre, cuyo papel fue más acaparador que lo noticiado mismo por ella”, porque “ahí estábamos, literal o virtualmente, todo mundo, con la boca abierta ante la caja televisiva, bombardeados por imágenes” que parecían “escenas extraídas de película hollywoodesca, como si después de lo visto saliera a cuadro Arnold Schwarzenegger o de perdida Will Smith con tamaños pistolones, dispuestos a salvarnos de los malvados mediante la desintegración molecular de sus cuerpos”.
También me dejaron atónito, según escribí entonces, “no las tantas filmaciones que evidentemente eran de videoaficionados, sino una en especial: la del segundo avión corrigiendo en 60 grados su rumbo para centrarse en plena torre. Tenía tal precisión absoluta de encuadre, detalle, contexto y nitidez, además de oportunidad y ubicación de ángulo, que se antojaba todo menos una simple casualidad. Nunca dio la sensación de trabajo bisoño, ni le tembló la cámara, ni perdió la horizontalidad. Un director de fotografía de cualquier filme de Steven Spielberg no hubiera hecho mejor toma. Sólo faltó editarla para intercalarle el close-up de pasajeros aterrados y pilotos suicidas con sonrisas fundamentalistas, o seguirla del momento preciso de la incrustación de la obesa aeronave entre rompedero de ventanales, columnas y láminas retorcidas”. Y rematé el artículo con una sentencia futurista: “Será, puede anticiparse, una guerra de imágenes, aquí sí la primera gran guerra del siglo XXI.”
Cinco lustros después compruebo que la historia trajo más secuelas de lo esperado, algunas previsibles, otras inimaginables. No me refiero solamente a la televisión, que debido a las redes sociales dejó de ser el único medio de inmediatez y, por tanto, monopolizador del contexto informativo, sino a los perturbadores giros que en materia de geopolítica, seguridad, migración, tecnología, manipulación ideológica, incluso el concepto mismo de la existencia humana, provocó aquella humeante pesadilla, vista in situ —o como hoy decimos: en tiempo real— a través de las pantallas de millones de hogares y centros laborales del planeta.
A veces me da por cuestionar cuál fue el número auténtico de fallecidos (cifra oficial: más de 2 mil 900), decenas de los cuales eran migrantes, paisanos nuestros, cuyos nombres nadie saca a relucir durante las ceremonias conmemorativas en Estados Unidos y que brillan por su ausencia en la lista onomástica del memorial levantado en la Zona Cero. Otras veces me entristezco al pensar en los cuerpos que sobrevivieron de puro milagro, pero enfermaron por haber estado expuestos a gases tóxicos, y que meses o años más tarde, sujetos al peor de los olvidos, murieron sin dejar huella estadística entre las víctimas directas del atentado (cálculo conservador: unas 9 mil personas más; o sea, el triple de aquéllas).
Una jornada septembrina de tormenta televisada, de tribulación tumultuaria, de temor individual que devino en terror colectivo. El trágico, el tétrico, el traumático Día T.
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