De un libro se dice en el colofón que se tiraron tantos ejemplares. Esto quiere decir también, por extensión o poniéndonos literales, que cada uno de ellos debería considerársele ejemplar. ¿Cuántos libros, sin embargo, son auténticos ejemplos a seguir? Más allá del tema que traten, de su contenido y del modo de enfocarlo, ¿cuántos cumplen de veras con la noble misión de envolver a quien lo lea, o si se me permite la hipérbole: de ejemplarizarlo? ¿Cuántos rebasan el triste sino de que les apliquemos una mera hojeada? Y eso en el menos grave de los casos, porque lo común es castigarlos con el látigo de botarlos estéril y eternamente en algún rincón, cual vírgenes custodiadas por eunucos.
Hablo, en principio, de libros-modelo por su indumentaria. No les pido ropas de lujo. Les exijo, en cambio, que hayan aprobado el mínimo examen de trabajo editorial responsable, meticuloso (oficio que se ha vuelto un auténtico garbanzo de a libra cuando ocurre, porque ahora ya suele ejercerlo gente chambona, sin el profesionalismo de antes). ¡Qué decepción me causa intentar leer un volumen incómodo a la mano, o impreso al ahisevá, o con tipografía farragosa, o donde casi en cada página encuentro gazapos que habría descubierto y corregido una edición más decente!
¿Y la redacción? ¿Y la amplitud de vocabulario? ¿Y la sintaxis? ¿Y la ortografía? ¿Y la puntuación? ¿Y el manejo de símbolos y signos gramaticales?… Pareciera que la lingüística es una vieja chocha, la loca de la casa. Pocos la pelan. No acuden a sus consejos porque los califican de choros o sermones de abuela regañona. Por eso condeno al ostracismo a quienes escriben libros a la trompa talega y se paran impúdicamente el cuello cuando algún negocio editorial en busca de prestigio ve rentable publicárselos. Dejaran de creerse la divina garza envuelta en huevo como escritores.
Una golondrina bibliográfica ejemplar no hace, por desgracia, verano. Para colmo, vuela tan alto que hasta resulta difícil que una persona no acostumbrada a ser leyente pertinaz advierta y valore tanto el conjunto como los detalles. Pero eso no debe llevar a la estrategia contraria; vaya, a imprimir obras malhechonas en su texto o virtualmente ilegibles por haber sido diseñadas y “revisadas” (si merecieron conjugar bien este verbo) con los pies. Digo, uno como bibliómano e idólatra de la lectura tiene también su corazoncito y su absoluto derecho a no consumir chatarra, por olorosa a tinta que sea.
¿Número de ejemplares? Me importa un rábano el tiraje cuando el libro sí responde a la ejemplaridad que anhelo hallar en él. Eso, de refilón, me anima a darle un sano porqué y un activo paraqué a la divisa que busco como epitafio: “Predicó con el ejemplo”.
Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.

Deja una respuesta