Cuando decimos “ni una menos” nos referimos a todas

Uno de los debates más deleznables que se están dando alrededor de la discusión por la Ley General para prevenir, investigar, sancionar y reparar el daño por el delito de feminicidio tiene que ver con la categoría «mujer».

​En el artículo 6 de la propuesta enviada por la Presidencia al Senado, se señala como definición de mujer a toda persona que se identifique como tal.

​Esto desató la furia de las feministas transexcluyentes, pues, según ellas, se está haciendo un borrado jurídico de las mujeres cis.

​La ley tiene una serie de problemas graves que podrían afectar u obstaculizar el acceso a la justicia para las víctimas y sus familias; pero la consigna principal de este grupo de mujeres cis no es otra cosa que el hecho de que esa definición permita reconocer como feminicidios los asesinatos por razones de género que les suceden también a las mujeres trans.

​En medio de esto, se dio uno de los episodios más vergonzosos que haya visto en mucho tiempo por parte de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Después de 10 años y gracias al trabajo incansable de su familia elegida, Kenya Cuevas, se detuvo al feminicida de Paola Buenrostro, una mujer trans trabajadora sexual que fue asesinada a plena luz pública. Este es uno de los casos más dolorosos y emblemáticos que tenemos sobre el tema, y ni eso sirvió para que la Fiscalía se asegurara de que el equipo ministerial que trabajara en el caso pudiera nombrar a Kenya y a Paola con sus nombres. En lugar de eso, las nombraron en masculino y, además, nos enteramos de que el delito por el cual se estaba continuando el proceso era homicidio calificado.

​Kenya y sus compañeras se manifestaron para exigir dignidad y justicia. De nuevo, gracias a eso se logró que en una segunda audiencia se reclasificara el delito a feminicidio, como siempre tuvo que ser.

​Nuevamente, se enfurecieron las transexcluyentes. Una de ellas todavía tuvo el descaro de decir: «hoy es un día negro para la historia del feminismo», reflejando que además son racistas.

​Afortunadamente, los feminismos somos plurales y diversos, y no todes pensamos lo mismo.

  • ​Las mujeres trans son mujeres.
  • Las indígenas y afrodescendientes son mujeres.
  • Las bisexuales y las lesbianas son mujeres.
  • Las niñas y adolescentes trans y cis son mujeres.
  • Las mujeres con discapacidad son mujeres.

Las trabajadoras sexuales, las que viven en la calle, las que tienen un uso problemático de sustancias y las que migran son mujeres.

Por ello cuando decimos ni una menos nos referimos a todas. Todas merecemos la protección del Estado frente al contexto de violencia generalizada que vivimos.

​Entrevistaron a Marcela Lagarde, feminista transexcluyente, sobre la ley y mencionó que: «Ya no se habla de mujeres, sino que se introduce el término personas». ¿Cuál era el objetivo de los feminismos? ¿Acaso no buscábamos que el género, es decir, la categoría «mujer», no siguiera siendo un yugo para nosotras? ¿No queríamos que se nos reconociera como personas, como seres humanos?

​Quienes habitamos los feminismos somos personas que fuimos criadas en estas sociedades heterocispatriarcales; evidentemente reproducimos el sistema en nuestras acciones, pero nombrarse feminista exige una autocrítica y autorreflexión para reconocer cuándo lo hacemos, reparar y pensar cómo no hacerlo.

​Si las feministas transexcluyentes no llevan este proceso es por el privilegio que tiene ser una mujer cis blanca o blanqueada, racista, clasista que piensa que su mirada del mundo es la correcta.

​Al final de esta semana hubo un poquito de justicia, gracias a Kenya Cuevas y a su profundo amor por Paola Buenrostro, y eso es lo único que importa.

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