DANIEL-FRAGOSO-EL SURTIDOR

Rescatar la lentitud del olvido

Mientras observo este documento en blanco, pienso en los motivos del bloqueo creativo, y creo que, lejos de ser una simple afección psicológica, este problema, quizá insignificante, se erige en los siglos XX y XXI como una fractura ontológica: el instante en que el manantial interno se vuelve piedra.

En la centuria pasada, la parálisis del artista era un abismo de silencio, un duelo con la página en blanco que reflejaba el vacío existencial de la posguerra y el peso asfixiante de la tradición. El creador se detenía ante el desierto. Sin embargo, la segunda década del siglo XXI ha transformado ese páramo en un laberinto de espejos deformantes. Hoy, el artista no se ahoga por falta de agua, sino por naufragar en un océano de lodo informativo. El silencio ha sido desterrado; la parálisis contemporánea es, paradójicamente, una estridencia absoluta. Nos sepultamos en la información, en las imágenes, en los demasiados datos.

Para descifrar esta mudez estética, es imperativo cruzar su umbral con el faro de la sociedad del cansancio, esa categoría con la que Byung-Chul Han desnudó nuestra época. El creador actual ya no es el Prometeo encadenado por un Dios tiránico, sino el esclavo que se flagela a sí mismo en el altar del rendimiento.

Nos hemos convertido en empresarios de nuestra propia sensibilidad, obligados a parir epifanías con la regularidad de una línea de ensamblaje. El imperativo ya no es el “deber”, sino un “poder” ilimitado que devora la psique. Así, el bloqueo surge como un sabotaje orgánico, una huelga de brazos caídos de la imaginación. Cuando el alma se transforma en una fábrica que trabaja veinticuatro horas, el colapso es la última trinchera de la autenticidad: un grito mudo del espíritu que se niega a ser reducido a mercancía.

A este agotamiento del ser se le suma la ponzoña de la infodemia, esa hiedra digital que estrangula los canales de la contemplación. La página ya no está en blanco; está profanada de antemano por un torrente de discursos ajenos, algoritmos hambrientos y verdades líquidas. La infodemia opera como un bombardeo de partículas de luz que, en lugar de iluminar, ciegan. El escritor, saturado por el ruido del mundo, pierde el derecho al aburrimiento fecundo, ese suelo nutricio donde las ideas germinan en la penumbra. La hiperatención dispersa desmenuza la mirada profunda.

El artista, aturdido por el oleaje de datos, es incapaz de escuchar el pulso de su propio mito personal, dejando que su voz se disuelva en el eco de la masa conectada.

Finalmente, la creación choca de frente contra lo efímero de las conductas en la posmodernidad tardía. Habitamos el imperio del scroll infinito, un tiempo sin duración donde los afectos y las ideas tienen la consistencia del humo. El arte, que históricamente nació para desafiar a la muerte y esculpir un fragmento de eternidad en el mármol o la palabra, hoy es arrojado al matadero del consumo inmediato. ¿Cómo consagrar la vida a la arquitectura de una catedral de palabras si el veredicto del público durará lo que tarda en desvanecerse una historia en la pantalla? Esta devaluación del tiempo erosiona la voluntad. La prisa de los hombres líquidos despoja al acto creativo de su sacralidad, volviéndolo un gesto fútil, un parpadeo en la tormenta.

El bloqueo creativo del siglo XXI es, en conclusión, el espejo de una patología cultural. Es la fatiga de un Prometeo que descubrió que el buitre que le devora el hígado es él mismo, azuzado por la prisa y la sobreinformación. El verdadero desafío del arte contemporáneo no es ya el dominio de la técnica ni la caza de la musa, sino el acto terrorista de conquistar el silencio, apagar las pantallas y rescatar la lentitud del olvido.

Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *