Ninde Molde En Contra del Mar

La fiebre mundialista dura un mes

En este momento de mi vida no soy una persona fanática de algún deporte. Mi relación con el fútbol es complicada. Fui con mi papá a ver algunos partidos de los Tuzos cuando no estaban en primera división; recuerdo la locura de cuando subieron y cuando ganaron su primera copa.

No sé si alguien se imaginó que un día el ambiente y la dinámica de toda la ciudad iban a girar en torno a un equipo de fútbol. Reconozco que los deportes generan emociones colectivas bellísimas; recuerdo la felicidad que se sentía en el ambiente cuando los Tuzos lograron todas esas cosas, la cual se parece a la que me produjo la historia casi mundialista de Nueva Caledonia.

Pero también tengo que aceptar que el hecho de que el fútbol sea un monstruo económico le funciona al poder como una herramienta para intentar tapar el sol con un dedo.

El jueves inicia el mundial e, igual es la burbuja en la que estoy, pero no siento el espíritu deportivo en el aire y, la verdad, me alegra.

No sé cómo se vive en Estados Unidos o en Canadá, pero en México hemos tenido que ver y experimentar en carne propia todo lo que los diferentes niveles de gobierno están haciendo por un par de partidos que se disputarán en el país.

Y, al mismo tiempo, vemos —muchas veces sin asombro— cómo se está utilizando el mundial para silenciar y ocultar los problemas que enfrenta nuestra sociedad: la crisis de desaparecidos, la lucha por los derechos laborales (particularmente de los maestros), la gentrificación, la xenofobia, la pobreza que se cubre con lonas y el descuido de la vía pública que se pinta de morado.

Además, resulta inverosímil que este mundial, que se jacta de buscar la unión entre Canadá, Estados Unidos y México para demostrar el compañerismo entre las naciones, en realidad reproduzca una serie de violencias contra las personas del Sur Global, ignore el dolor que produce la violencia en el Congo o en Palestina, y promueva un capitalismo voraz que solo se preocupa por la derrama económica y por cuidar a quienes se benefician de ello.

Así que las protestas que se están dando en el marco del mundial son sumamente dignas y debemos acompañarlas, porque la fiebre mundialista dura solo un mes; el dolor de la gente frente a la violencia del Estado, no.


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