El hecho tácito es que para la horade escritura de esta columna el extraordinario guitarrista argentino Alejandro Marcovich se encuentra en estado de coma y el pronóstico acerca de su salud futura es incierto. Las reglas de la vida ahí están y sólo resta esperar los designios del destino.
Una situación límite para un ser humano nos lleva a ponderar el legado del artista, que a fin de cuentas es lo que habrá de prevalecer y lo que lo pondrá de cara a la posteridad.
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Hace algo de tiempo Israel Ramírez (líder de Belafonte Sensacional) quiso elevar la polémica en torno a la sobremesa de una comida en la que nos encontrábamos un puñado de periodistas -con David Cortés entre ellos- pidiendo que se eligiera el lugar que ocupan en términos cualitativos el rock mexicano, el argentino y el español.
Aquella disputa fue muy acalorada, considerando que David es un estudioso y entusiasta del asunto local, pero de mi parte -pese al riesgo de ser tildado de chovinista- coloqué en el primer lugar al rock argento.
Uno de mis argumentos fue precisamente a que allá -al sur del sur- se trabajó desde distintos frentes para la construcción de una mitología que sustentara e hiciera más fuerte a la música rock que se ha compuesto desde Salta hasta la Patagonía.
Ese halo mítico contribuye a sublimar un producto artístico-cultural que de otra manera se quedaría casi en algo meramente terrenal y sin un valor agregado.
Siempre he pensado que algo de ello le falta al rock mexicano… tal vez demasiado terrenal, muy mundano y carente de esos elementos que lo lleven a otro nivel de feligresía y culto -uno laico, por supuesto-.
Con todo lo que ya ha hecho Alejandro Marcovich para el rock mexicano tenemos que considerarlo como una figura que contribuye a la construcción de esa mitología, en el entendido de que es un sistema de creencias que se establece para dar sentido a un mundo.
Se requiere de figuras heroicas que tengan los tamaños para habitar el Panteón del rock mexicano -sobrado de espacio- y muy pocos pueden ostentar que su labor musical ha sido un elemento clave para establecer una estética… un sonido característico.
Y Marcovich lo ha hecho… casi está de más mencionarlo. Siempre que se ponga como tema la existencia de una estética sonora para el rock mexicano hay que considerar a este guitarrista como un edificador esencial de tal concepto -por muchas variantes que pueda tener-.
Su legado en el plano estrictamente musical trasciende los claroscuros que ha tenido como persona y las intensas polémicas que ha generado. Nadie puede negar que lo rodeó siempre una radicalidad que no hacía sencilla la convivencia.
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No es poca cosa vincular a Alejandro cuando se trata de abordar el desarrollo de una identidad -sea la que sea- para el rock hecho en México. Se trata de un conocedor y estudioso de la tradición musical de América Latina y del resto del mundo, además de un ejecutante virtuoso de la guitarra.
Marcovich es una figura poliédrica, no carente de zonas oscuras y de personalidad compleja… todo ello aporta, además de la obra -que es lo más importante- para el rock mexicano vaya construyendo paso a paso sus propios mitos… ¡Y vaya que hacen falta figuras que cuenten con un legado de verdadero peso!
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