Con La tiniebla regresa al género que le apasiona

Vivimos en un país de almas perdidas y dolidas: Norma Lazo

“El horror es el lugar donde mejor se piensa el presente”. Para Norma Lazo, ese territorio no es una evasión de la realidad, sino una forma de conocimiento: un género que, lejos de la frivolidad, permite asomarse a los miedos más íntimos y a las violencias más visibles.

Con esa convicción regresa al género que le apasiona con La tiniebla, un conjunto de nueve cuentos que se leen como un descenso a una atmósfera donde lo fantástico y siniestro respira junto a lo histórico y lo íntimo.

Narradora, ensayista, cronista, guionista y editora, Lazo ha construido una trayectoria singular en la literatura mexicana contemporánea. Fundadora de la revista Complot y ganadora del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola, su obra ensayística ha dialogado con la violencia y el horror desde una perspectiva crítica. 

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Sin embargo, en este libro decide volver a la ficción con un impulso que es a la vez íntimo y político: “es el género con el que aprendí a leer… y hoy más que nunca no se puede pensar más allá que en el horror”.

En La tiniebla, esa afirmación se traduce en relatos que parten de una intuición atmosférica más que de la figura clásica del monstruo, donde lo familiar se vuelve extraño y lo humano se mira en su propio abismo.

En una charla con este diario, cuenta sobre su proceso creativo: “primero surgió un cuento y no encontré un horror concreto, era algo más bien difuso, como una atmósfera que luego se extendió a los demás”. 

Esta decisión estética le permite construir un universo donde lo inquietante no irrumpe, sino que permanece.

El libro está atravesado por una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la realidad desborda a la ficción? Lazo lo formula sin rodeos: “el horror de la realidad se metió en el libro”. Las desapariciones forzadas, la violencia estructural y la indolencia social se filtran en los relatos como un eco persistente. 

De ahí emerge una de las imágenes más poderosas que menciona: “vivimos en un país atravesado de almas perdidas, de almas dolidas”. En ese cruce entre memoria, historia y especulación, la autora encuentra una materia narrativa inagotable.

Al preguntarle cómo conjuga lo histórico con lo imaginario, responde que el proceso fue orgánico, nutrido también por su herencia veracruzana y afrodescendiente:

 “Crecí con muchas historias… prácticas que tienen que ver con lo sobrenatural”. No obstante, la paradoja aparece pronto: aunque la espiritualidad permea la obra, Lazo no cree en un más allá. “Creo en la vida… en la naturaleza”, afirma, desmarcándose del espiritismo que sin embargo estudia con fascinación.

Esa tensión entre creencia y escepticismo alcanza uno de sus puntos más altos en el último cuento, su favorito: una sesión espiritista de Francisco I. Madero que, al entrecruzarse con otra, abre un vórtice temporal. 

La escena final —Madero confrontado con los titulares contemporáneos de la prensa— condensa la apuesta del libro: usar el horror para leer la historia. “Es un universo circular”, explica, como si la violencia no se cancelara sino que se repitiera.

Más allá de su dimensión temática, La tiniebla también es un ejercicio de supervivencia emocional. “Escribirlo es una salvación”, confiesa Lazo. Frente a la angustia del horror cotidiano, describe dos caminos: el destructivo y el creativo. 

La escritura le permite depositar aquello que, de otro modo, se volvería insoportable. Esa idea, quizá la más reveladora, atraviesa todo el libro: el horror como catarsis.

En su relación con los lectores, la autora encuentra otra forma de diálogo. Lejos del reflector, disfruta los clubes de lectura: “me nutre ver cómo cada quien le da un sentido distinto al libro”. 

Al preguntarle sobre el papel que juega el horror en México, como género literario,  Lazo es clara: hay un momento fértil, tanto en literatura como en cine, con propuestas que abordan temas delicados sin renunciar a la potencia estética. En ese contexto, La tiniebla se inserta como una obra que no busca consolar, sino confrontar.

Tras concluir el libro, la sensación de Norma Lazo es ambivalente: agotamiento y descanso. “Es como terminar un maratón”, dice. Después, vuelve al ensayo para “hacer tierra”, para equilibrar la intensidad emocional de la ficción. 

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Actualmente trabaja en una tesis doctoral y en un nuevo libro de cuentos que retoma el horror, ahora entreverado con humor negro: “ya me volví a enamorar del género”.

La personalidad de Norma es reservada; sin embargo, asegura que disfruta de los encuentros con los lectores, pues le agrada la retroalimentación que sostiene con ellos. 

Entre sus próximas actividades destacan su participación en la FILU de Xalapa, donde presentará su obra y dialogará con estudiantes de Letras, así como su asistencia a la Feria del Libro de Ciudad Juárez y encuentros de cuentistas, con nuevas visitas programadas en junio.

“Lean La tiniebla porque algo les va a mover”, dice hacia el final de la conversación. La frase, simple en apariencia, sintetiza el corazón del libro: una invitación a atravesar la oscuridad no para perderse en ella, sino para comprender lo que revela. Porque, como sugiere Lazo, el horror no es otra cosa que una forma de mirar de frente aquello que ya nos habita.

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