Para el escritor francés, Pascal Quignard: “Aprender es un placer intenso. Aprender equivalía a nacer. Se tenga la edad que se tenga, el cuerpo experimenta entonces una especie de expansión”. Esta frase me lleva a una serie de pensamientos sobre el tema: aprendemos de manera inconsciente y de manera consciente. Aprendemos por gusto y por obligación. Aprendemos por necesidad y por placer. Aprendemos para sobrevivir y para vivir. Deseamos aprender y odiamos hacerlo. Queremos recordar siempre lo aprendido y también, paradójicamente, continuamente estamos olvidado lo que aprendimos. Sin embargo: ¿Cuántas veces nos hemos detenido a pensar cómo es que esto ocurre?
Según la plataforma Euroinnova, “a través de los sentidos, el cerebro recibe la información, la procesa y le da significado, además regula la temperatura corporal, la respiración, la digestión y la circulación sanguínea. Está compuesto por 100.000 millones de neuronas que conforman un sistema estructural donde almacena cogniciones, emociones, memoria, sueño y regula las funciones sensoriales y motoras.
Debido a las estructuras neuronales y a los procesos químicos y eléctricos que se dan en el cerebro, se produce el aprendizaje, pero a su vez, el aprendizaje modifica las estructuras neuronales a través del tiempo”. Esto es, cambiamos para aprender y aprendemos para cambiar.
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En el mismo sentido, la plataforma europea afirma que “según William Glasser, el aprendizaje se da a través de la experiencia, pues allí se fijan vías de comunicación sobre el conocimiento que se recibe. La participación de los estímulos auditivos, visuales y emocionales complementan este proceso.
En su libro ¿Cómo aprendemos?, Héctor Ruiz Martín manifiesta la relación importante que existe entre los mecanismos cognitivos que controlan la memoria y el aprendizaje y los factores socioemocionales como la motivación y el desempeño. También refleja la importancia del feedback, la evaluación, así como conocer los principios científicos para complementarlos con la experiencia personal y formar el aprendizaje”.
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En suma, todo el tiempo estamos en una gran plaza de estímulos que nos arrojan información, de nuestra posibilidad de aceptación y adaptación a ella es como tenemos el fruto de los conocimientos que adquirimos. Aunque, claro esta, no todo lo que aprendemos sirve para nuestros fines, por lo tanto, ni todo el conocimiento es malo, ni todo lo que se aprende es bueno.
Para algunos autores, existen cuatro estilos de aprendizaje: activos, reflexivos, teóricos y pragmáticos; éstos responden a las características identificables de que tienen que ver con el campo experiencial. Mientras a unos los mueve el interés y la practicidad, a otros los impulsa la reflexión y el análisis.
Si nos sentamos a reflexionar sobre estos procesos, encontraremos que el modelo occidental educativo, hace tiempo que está en constante transformación, tanto que no podríamos definir a ciencia cierta a dónde irá en los próximos cinco años. Mientras tanto, sigamos aprendiendo.
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