Desde las alturas, suspendido entre cuerdas, luces y aplausos, Marcos Antonio Fuentes Ibarra ha construido una vida que desafía la gravedad y los límites del cuerpo humano. Originario de Monterrey y con 41 años de edad, este acróbata y trapecista ha pasado prácticamente toda su vida dentro del circo, una tradición que heredó de su familia y que hoy defiende como un arte, una disciplina y una forma de existir.
“Yo siempre digo que el amor por el circo me nació desde muy chiquito, como a los cinco años. Veía a mis abuelitos y a mis tíos hacer acrobacia y trapecio, y me enamoré de eso”, recuerda. Aunque tuvo la oportunidad de seguir un camino más convencional del estudio, su decisión fue clara desde el inicio: eligió el escenario por encima del aula.
A los 12 años comenzó formalmente su carrera dentro del circo familiar de los Fuentes Gasca. De ahí, su trayectoria lo llevó por distintos escenarios: el Circo Unión, el Circo Hermanos Vázquez, el Circo Rolex y el Circo Atayde, entre otros, además de presentaciones fuera del país. Cada uno representó un nuevo reto, pero también una oportunidad para crecer.
“El trapecio es lo que más amo. Soy trapecista de corazón, lo llevo en la sangre”, afirma.

Riesgo, disciplina y pasión
Para muchos, su trabajo es sinónimo de peligro. Para él, es parte de la rutina. Marcos asegura que el miedo no forma parte de su oficio cuando se ama lo que se hace. “Si tú amas lo que haces, eso es lo que transmites al público. Y cuando la gente sale contenta, tú también sales feliz”.
No obstante, reconoce que los accidentes existen. En su historial hay fracturas y esguinces, como una nariz rota y tobillos zafados. Aun así, ninguna lesión ha sido suficiente para alejarlo del trapecio.
La preparación física es clave. Todos los días entrena, estira, calienta y ensaya, incluso después de décadas de experiencia. “No puedes salir frío. Tienes que preparar el cuerpo para no tener un accidente mayor”, explica.
Giras, sacrificios y evolución
Otro de los grandes retos de la vida circense son las giras. Mudarse constantemente implica dejar atrás amigos, parejas y, muchas veces, a la propia familia. “A veces te tienes que alejar uno, dos o hasta tres años”, señala. Sin embargo, para él, el sacrificio se compensa con las experiencias: conocer nuevos lugares, culturas y públicos.
Sobre el futuro del circo, Marcos considera que el espectáculo debe evolucionar para sobrevivir. Aunque la salida de los animales fue un golpe para muchos, cree que ahora es momento de reinventarse y fortalecer el lado artístico y humano del show.
“El circo no muere, se transforma”, asegura.
Un oficio que no acepta quejas
Marcos es tajante: esta profesión no es para quien se rinde fácilmente. “Si tú dices que esto es cansado, entonces no sirves para actuar. Son cinco minutos en escena, pero esos cinco minutos los tienes que dar 200 veces mejor”.
Además de la exigencia física, está el ritmo acelerado entre actos: cambios de vestuario, maquillaje y preparación en lapsos de apenas 10 a 15 minutos.
En cuanto a la seguridad laboral, reconoce que los artistas circenses no cuentan con seguros formales como otras profesiones. El respaldo depende del circo y de seguros particulares.
Un legado que busca continuar
Marcos tiene un hijo pequeño. Aunque le gustaría que siguiera sus pasos, respeta su libertad. “Así como a mí me dieron la oportunidad de elegir, yo haré lo mismo con él”.
Por ahora, su objetivo es claro: seguirá en el trapecio mientras su cuerpo se lo permita.
“Para mí, la mayor satisfacción es ver al público salir contento. Eso lo es todo”.

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