Por: Dino Madrid
Andrés Manuel López Obrador reapareció y dejó un mensaje claro: salió de Palacio Nacional, pero no desapareció. Y algunos ya se quejan de eso.
Vale la pena entonces hablar de qué significa realmente retirarse políticamente en una democracia, porque la exigencia de silencio que pesa sobre el expresidente revela más sobre quienes critican que sobre quien actúa.
En política, retirarse del poder no significa retirarse de la historia. Los episodios que algunos presentan como “salidas de su retiro” muestran algo más sencillo, permanencia de un mexicano consciente de su tiempo.
Cuando AMLO votó en la elección judicial, los medios lo presentaron como “rompimiento del retiro”, como si acudir a una casilla fuera una intervención política extraordinaria.
Pero hay algo profundamente antidemocrático en esa crítica, implica que hay quienes sostienen que hay ciudadanos de primera clase que pueden votar y ciudadanos de segunda clase que deben abstenerse. Que quien encabezó una transformación acuda a votar no rompe nada, de hecho, reafirma que el poder reside en las urnas. Ninguna democracia funcional exige que un ciudadano renuncie a su derecho al voto.
Cuando presentó su libro, volvió el reproche. Pero los libros han sido siempre parte del itinerario intelectual de López Obrador, desde mucho antes de la presidencia. Publicar es continuar una conversación con la sociedad desde la reflexión, no desde el aparato del Estado. En democracias consolidadas, los expresidentes escriben y publican, llevan décadas haciéndolo. Nadie dice que “rompieron su retiro”. Pero cuando lo hace AMLO, de repente es una transgresión. La doble aquí vara es evidente.
Y cuando opina sobre Venezuela, Cuba o cualquier situación internacional, surge la acusación de nuevo. Pero López Obrador ha defendido principios claros durante décadas: soberanía, autodeterminación, rechazo a intervenciones. No está ejerciendo política exterior desde el cargo, está expresando convicciones personales. La diferencia es crucial, una cosa es que el presidente dé una posición oficial de México, otra muy distinta es que un ciudadano manifieste sus posturas ideológicas. Confundir ambas cosas es deliberado.
Pero aquí está el núcleo del asunto, en la historia política mexicana, pocos expresidentes han logrado mantener una relación directa con la ciudadanía después de dejar el poder. Salinas se exilió porque su legitimidad se evaporó. Zedillo se fue a Yale porque nunca tuvo base popular propia. Fox hace declaraciones que nadie toma en serio. Calderón carga con la guerra fallida. Peña Nieto se esfumó. Ninguno puede convocar o influir como lo hace AMLO. No porque estén “respetando el retiro”, sino porque nunca construyeron capital político real con millones de mexicanos. Su poder dependía del cargo, no de una base social construida durante décadas de lucha.
Y ahí está la clave, la influencia de AMLO no depende de decretos, sino del capital político acumulado en décadas. Es influencia construida desde abajo, no concedida desde arriba. El retiro fue del ejercicio del gobierno, no de sus principios. Y en una democracia madura, que un exmandatario vote, escriba u opine no es anomalía, es la expresión normal de un ciudadano comprometido.
¿Qué le está pidiendo la oposición exactamente? ¿Que no vote? ¿Que no publique? ¿Que no opine? Ninguna de esas exigencias tiene sentido en democracia. Lo que están pidiendo no es que “respete el retiro”, es que desaparezca. Que deje de tener influencia. Que su voz deje de importarle a millones. Y eso no va a pasar. No porque esté violando alguna norma, sino porque hay figuras que trascienden el cargo que ocuparon.
Lo que realmente molesta no es que “rompa el retiro”. Es que siga siendo escuchado sin necesitar el cargo. Que su palabra tenga peso sin poder institucional. Y eso no se resuelve exigiéndole silencio, se resuelve construyendo liderazgos propios con base social real. Mientras la oposición siga dependiendo de que AMLO desaparezca para tener espacio político, van a seguir frustrados. Porque él no va a desaparecer. No porque esté transgrediendo reglas, sino porque construyó algo que trasciende los seis años que gobernó. Y eso, le guste a quien le guste, es parte de cómo funciona la política democrática cuando los liderazgos tienen raíces profundas.
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MHO

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