Pasados que sumar, presentes que multiplicar, futuros que restar. Procuro dividir mi talacha diaria entre los tres, pero no siempre logro el sano equilibrio en tal ecuación. Hay jornadas donde a los pasados les da por hundirme casi las 24 horas en la morriña absoluta. Otras, en que los presentes se adueñan sin conmiseración de mi tiempo disponible. Otras, las peores de soportar, cuando los futuros se encaprichan en recordarme que ya los tengo encima, que debo prepararme para el corte de caja y la última rendición de cuentas. ¡Bendito el día en que ninguno monopoliza mis espacios y silencia totalmente a los demás!
Ayeres, ahoras, mañanas. A veces juntos, superpuestos, proporcionados, marchando en cortés armonía, como niños educados o nada envidiosos hermanitos. Son ocasiones en que le saco el máximo jugo a tan apetecida contingencia. Son fechas que propician la cuidadosa secuencia de mis actos ordinarios, secuencia que me sirve a pedir de boca como metodología de trabajo para no empantanarme en la cotidianidad. Son momentos favorables a la balanza mental; por consiguiente, a la lucidez, a la motivación y —en una de esas, quién quita— a la creatividad. Gracias a ellos he podido cumplir con la manda de garrapatear, semana a semana, esta columna.
Vozquetinta no constituye una actividad menor ni decorativa en mi agenda, pero tampoco resulta pan comido. Una vez que elijo un asunto a tratar, sea genérico o a propósito de cierta efeméride o noticia reciente, intento ponerme a tono con aquella trilogía, de modo que lo pretérito, lo actual y lo porvenir estén al mismo nivel en mi estado de ánimo. Sólo así estoy en condiciones de producir un texto que realmente me convenza. Y por ello, incluso más que por la dificultad propia del tema, suelo tardarme horas en ponerle punto final a cada colaboración.
No tengo receta de cocina ni fórmula química, mucho menos instructivo o manual de pasos a seguir, para darle voz y voto uniforme a dicho trío de temporalidades. Respeto, humildad, sensatez, ética, compromiso, son algunos de sus ingredientes básicos, en busca de promediar vivencias personales con referentes ajenos y respaldándome en lecturas de libros, diarios, consultas internéticas e intercambios de opinión con personas juiciosas. ¡Imposible negar que eso me exige concentración, virtud que rara vez deja de ser volátil!
En lo veleidoso, sin embargo, está también el encanto de este enorme reto. Ni puro antes, ni puro hoy, ni puro después. Lo ideal es el traslape, los brazos entrelazados durante la caminata de protesta. Igual que aquella emblemática marca de aceite industrial (tan asociada como la tengo a mis fijaciones infantiles en casa de don Rodolfo, el noble huasteco ferretero de quien me enorgullezco haber sido su hijo): tres en uno. Todo sea por dejar bien aceitadita la maquinaria de mi vida.
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