El 27 de julio de 1948, un joven de veintitrés años le escribía a su novia y futura madre de sus hijos: “¿Quieres que te lo diga?: hay un montón de brasas en mi sangre; estoy ardiendo, ardiendo. Me está quemando el tiempo; me tiene encendido la vida. Tú -yo- nosotros… Nosotros no importamos nada. Somos un accidente en el amor; nomás un accidente -una caída de piedra, el vuelo de una hoja, un lamento. Digo que la vida es pura experiencia; que me canso, que me rebelo a sobrevivirme diariamente. No hay lugar para el místico que soy dentro del ateo que represento. Y no es problema de Dios -hace tiempo que abandoné a Dios-; es conflicto de identidad, de realidad. Mi problema sigue siendo el Ser, esa cosa difícil, a veces intuida, pero siempre inefable; mi problema sigue siendo Yo, pero no Yo que habla sino Yo que calla, desligado, independiente, liberado de mí mismo. Sin ti, sin mí, sin ninguno de los que somos; un Yo inmutable, permanente”.
El joven que escribía esto, según Carlos Monsiváis, “acude a las fuentes primordiales y procura escribir desde la fuerza de los orígenes”. En su comunicación epistolar con su musa, el joven poeta se reconoce en sus obsesiones, en su pasión por los sistemas metafóricos que distinguen y marcarán su obra futura. En esta etapa de formación, el bardo todo lo convierte en poesía, todo lo que mira exige la complicidad de la contemplación y el silencio, él toma la decisión de hablarse a sí mismo, y a través de ello, de hablarle al mundo que lo leerá, este joven poeta, es el eterno joven poeta, Jaime Sabines.
Evoco ahora esta carta dirigida a Josefa Rodríguez “Chepita” y que está contenida en el libro “Los amorosos, Cartas a Chepita” a propósito del reciente centenario del poeta chapaneco. En el corazón de la lírica mexicana, la voz de Jaime Sabines no es un eco, sino un golpe seco contra la madera de la existencia. A cien años de su nacimiento, su palabra persiste como esa “mansedumbre del relámpago” que ilumina la cotidianidad más cruda. Sabines no escribió desde el Olimpo; bajó a la tierra, se sentó a la mesa y nos enseñó que la poesía es, ante todo, un asunto de sobrevivencia. Su influencia en el siglo veinte y lo que va del veintiuno reside en la democratización del sentimiento.
Mientras otros buscaban la metáfora hermética, él nos decía que “los amorosos callan”, que el amor es la prórroga de un adiós y que estamos, irremediablemente, condenados a buscarnos en el otro para no morir de frío. Parafraseando su sentir, entendemos que la luna no es un astro inalcanzable, sino una hoja de papel que se puede poner debajo de la almohada para ayudar a los que no pueden dormir, un amuleto para las horas de naufragio.
La poética actual le debe a Sabines la valentía de la sencillez. Leerlo hoy es reconocer que «la tía Chofi» o el duelo por el padre no son temas menores, sino la médula de nuestra historia. Él nos enseñó que la muerte es una extraña costumbre que nos sucede a diario, y que el tiempo, ese “gran señor”, se bebe nuestra vida mientras nosotros intentamos rescatar un instante de belleza entre el polvo.
A un siglo de su luz debemos de leerlo porque hacerlo es un recordatorios de que el cuerpo duele en la memoria del pasado y que el deseo es sagrado; porque su leguaje directo y crudo -que no vulgar-, rompió la barrera entre el lector común y la alta literatura. Hay que leer y releer a Sabines con la misma forma en que en la adolescencia lo hicimos, de la misma manera en que dimos el primer beso y después repetimos la escena para sentirnos vivos. Hay que leer a Sabines porque sus versos son el refugio para quienes saben que “alguien les dijo que no eran de este mundo”.
Celebrar su centenario es aceptar que, aunque pasen los inviernos, seguiremos siendo esos seres hambrientos de verdad, convencidos de que, al final, la poesía ocurre porque la vida no basta. Sabines es el puente que une nuestro dolor con la esperanza de ser, simplemente, humanos.
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