Bad Bunny es el síntoma, no la cura

El perreo es político

La Ciudad de México se paralizó por la llegada de un fenómeno que desborda las listas de reproducción para instalarse en el centro del debate cultural: Benito Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny. Entre el estruendo del beat y el sudor de las masas, surge una pregunta que incomoda tanto a la academia solemne como a la militancia de manual: ¿Es el gozo popular una forma de resistencia política o estamos simplemente ante la versión más perfeccionada del consumo neoliberal?

Para entender el fenómeno, hay que mirar más allá de las luces. Bad Bunny no canta desde la promesa de un futuro radiante; canta desde las grietas de un presente que duele.

En los conciertos de Benito, la Ciudad de México —esa metrópoli que hoy libra batallas silenciosas contra el desplazamiento— se encontró frente a un espejo. Las letras de Bad Bunny nombran el presente sin los tecnicismos de la sociología, pero con la precisión del despojo. Cuando suena el reclamo por los barrios que se vacían de quienes los construyeron para convertirse en postales de Airbnb, la audiencia no solo baila; reconoce una pérdida íntima.

La gentrificación y la violencia no aparecen en su narrativa como consignas panfletarias, sino como ausencias habitadas. No hay morbo en su mención a los feminicidios; hay una negativa radical a la anestesia social. En un México que a veces corre demasiado rápido para no mirar de frente sus cicatrices, que miles de jóvenes coreen la memoria de las que ya no están es, al menos, un acto de presencia frente al olvido. Es el “aquí estamos” de una generación que sabe que su entorno se está volviendo impagable y, a veces, invivible.

Aquí vale la pena hacer una pausa reflexiva, sin caer en el paternalismo pero con un poco de rigor crítico. En el siglo XX, la identidad política se forjaba en la fábrica, en la producción, en el sindicato. Hoy, en la era del capitalismo tardío, el sistema nos ha convencido de que nuestra pertenencia a la sociedad se sella a través del consumo.

Es vital entender esto: el consumo es una fuerza integradora, pero también profundamente diluyente. Si todo se mide en dinero, el dinero termina por devorarlo todo, incluso el significado de la protesta.

Consumir una marca, un artista o un boleto de varios miles de pesos es una señal de éxito en este modelo, pero no es, por definición, un acto de resistencia.

Llamar “resistencia” al acto de comprar un bien de lujo (porque hoy, un concierto de estadio lo es) es un ejercicio de gimnasia mental que busca aliviar la incomodidad de sabernos atrapados en el mercado.

Está bien admitir que nos gusta, que nos mueve y que nos identifica; pero no confundamos la catarsis con la liberación.

Resulta casi elegante observar la pirueta discursiva de ciertos sectores de la clase media progresista. Esos que, con una mano sostienen el análisis decolonial y con la otra actualizan el portal de la boletera en busca de un acceso VIP. Hay una ironía deliciosa en querer ver una “insurrección estética” en un evento que requiere de tres meses de sueldo mínimo para estar en primera fila.

La industria cultural es experta en empaquetar la rebeldía y vendérnosla con un lazo brillante. No es culpa de Bad Bunny —que ha sabido usar su plataforma para cuestionar al poder en su natal Puerto Rico—, sino de nuestra propia urgencia por encontrar un sentido trascendente a nuestros placeres más caros. Queremos que nuestro gozo sea políticamente correcto para no sentirnos culpables por ser, al final del día, consumidores estrella.

El gozo es necesario. La alegría popular es un combustible indispensable para la transformación social; un pueblo triste difícilmente tiene la energía para cambiar su realidad. En ese sentido, que el barrio baile y se reconozca en las historias de Benito es un triunfo frente a la solemnidad de las élites que siempre han despreciado lo popular. Sin embargo, la verdadera resistencia no se agota en el estadio.

La política real empieza cuando se apagan las luces del escenario y nos enfrentamos a la renta que sube, al transporte que falla y a la vecina que tuvo que mudarse a la periferia.

Bad Bunny es el síntoma, no la cura. Disfrutemos el perreo, lloremos la herida cantada, pero no olvidemos que la libertad no se compra en preventa, ni la justicia social llega con un código QR. La pregunta sigue abierta: ¿podremos construir una política del gozo que no pase necesariamente por las caja registradoras?

Por: Dino Madrid


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