Aracely Mendoza

Aracely Mendoza: la joven que mantiene viva la alfarería en Tepetitlán

A sus 29 años, Aracely Concepción Mendoza Escalante representa la última generación de una tradición familiar que ha dado forma al barro durante más de cinco décadas.

Originaria de José María Pino Suárez, una comunidad indígena del municipio de Tepetitlán, Aracely es la única de sus cinco hermanos que decidió tomar el torno y seguir moldeando el legado de sus padres y abuelos: la alfarería.

“Esto viene de generación en generación”, dice con orgullo. “Mis abuelos se lo transmitieron a mis papás, y ellos a mí. Soy la única de mi familia que elabora estas artesanías, junto con mi papá y mi mamá”.

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Desde los ocho años, Aracely se acercó al taller familiar más por curiosidad que por obligación. “Como soy la menor y no tenía con quién jugar, me metía al taller a hacer una macetita, una flor, y de ahí me fui enamorando del barro”. Hoy en día, su especialidad son las piezas decorativas pequeñas: tortilleros, sombreros, flores y recuerdos para fiestas, aunque también ha realizado jarrones complejos con figuras toltecas, divididos en varias partes y modelados cuidadosamente durante días.

Un oficio que sobrevive con esfuerzo

La alfarería para Aracely no es solo una ocupación, sino la base de su vida familiar. “Gracias a este oficio, mis hermanos pudieron estudiar y tienen una carrera. Esto es lo que nos ha sacado adelante”.

Sin embargo, mantener vivo este arte no ha sido fácil. Su taller, con más de 50 años de historia, está escondido entre las calles de su comunidad. “No tenemos un lugar apto para trabajar, ni para exhibir nuestras piezas. Y los apoyos muchas veces no llegan a nosotros, sino a los que ya tienen locales sobre la carretera”.

Además de la falta de visibilidad, enfrentan las inclemencias del tiempo, que complican el secado de las piezas y el trabajo al aire libre. “El barro es muy delicado. Si hay mucho sol o viento, se pueden agrietar o despegar las partes”.

A pesar de esto, Aracely y su familia siguen produciendo y vendiendo. Llevan sus artesanías a ferias y municipios como Chapantongo, Ixmiquilpan, Actopan, El Rosario e incluso han participado en el Pabellón Artesanal de la Feria de Pachuca. A menudo trabajan por pedido, ya que no cuentan con espacio suficiente para almacenar inventario.

El proceso: del barro al fuego

Cada pieza comienza con la recolección del barro, que se apalea y cierne hasta obtener una textura fina como harina. Luego se mezcla con recortes de otras piezas para crear una masa homogénea, lista para moldear.

“Mi pieza más difícil fue un jarrón con figuras toltecas. Se hace en partes: la base, el cuerpo, el cuello, y se van uniendo con cuidado. Si hay mucho calor o humedad, se pueden despegar”.

Después del modelado, las piezas secan durante varios días, se lijan y se pintan. El horneado es otra etapa delicada. “Nuestro horno no es de piedra, es del mismo barro, lo calentamos poco a poco para que las piezas no se revienten. Son casi 4 horas de fuego hasta que el horno está al rojo vivo”. Al día siguiente, las piezas se limpian y se alistan para la venta.

El valor que no se paga

A pesar del trabajo manual, el conocimiento ancestral y la dedicación que implica cada pieza, muchas veces el precio es lo que más cuesta defender.

“La gente no conoce todo lo que hay detrás. Nos regatean mucho. A veces tenemos que bajar el precio para poder vender. Nos menosprecian”, dice Aracely con sinceridad. “Pero nuestras piezas son completamente naturales, sin químicos. Es arte hecho con las manos y con el corazón”.

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Un llamado a no dejar morir el oficio

Aunque solo tiene el bachillerato, Aracely no descarta estudiar una carrera más adelante. Por ahora, su prioridad es seguir trabajando el barro, visibilizar su oficio y abrirles paso a las nuevas generaciones. “Si se da la oportunidad, me gustaría que más gente conociera esto, que los jóvenes se interesen, para que no se pierda”.

Desde su pequeño taller en Pino Suárez, Aracely invita a conocer sus productos en “Artesanías de Barro, La Principal”, como orgullosamente llama a su espacio. “Este trabajo es lo que somos. Es nuestra forma de vivir, de expresarnos, y de mantener vivas nuestras raíces”.

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