Para quienes caminan por el centro de Tulancingo, hay presencias que se vuelven tan entrañables y cotidianas que parecen formar parte del mobiliario urbano. Así es “La Güera”, una mujer de rostro amable y espíritu libre a quien la gente saluda con un cálido “¡Hola, Güerita!” al pasar. Pocos saben su nombre de pila, un misterio que ella misma prefiere guardar; su historia está profundamente entrelazada con la memoria, la cultura y las calles de este municipio hidalguense.
Hija de artesanos y músicos, La Güera lleva el oficio grabado en las manos y en el alma. Su abuelo paterno, Vicente Alcíbar —a quien recuerda con profunda admiración y respeto—, fue su gran maestro y una figura clave en su vida. “Él era inteligente, qué bárbaro… antes la gente estudiaba poco y sabía mucho, ahora estudiamos mucho y sabemos poco”, reflexiona con agudeza.

Don Vicente no solo fabricaba nichos, cuadros y pulseras con elementos naturales —como los tradicionales colmillos de animal—, sino que poseía un conocimiento vasto que abarcaba desde notas musicales hasta las propiedades de las piedras y las hierbas. De él, la Güera aprendió el valor de la artesanía urbana y la cosmovisión detrás de cada pieza. “El sol era luz, esplendor, alegría y dinero, él se lo puso”, recuerda. Desde pequeña, entre canciones y encargos, su infancia transcurrió en los talleres improvisados donde los primos y hermanos aprendieron el arte de crear con las manos.
Una vida habitando el espacio público
El trayecto de La Güera por el centro de Tulancingo abarca décadas de mudanzas y resistencia urbana. Cuenta que comenzó cerca del antiguo mercado donde estaba la tienda Canadá, donde su abuelo ponía su puesto. Después, su labor se trasladó a las inmediaciones de la Biblioteca y, por instrucción gubernamental al tratarse de artesanía, al emblemático Jardín del Arte, un espacio que ocupó durante cerca de 24 años.
Tras la destrucción y remodelación de aquel jardín para convertirse en el Centro Cultural Ricardo Garibay, su puesto pasó al callejón San Vicente y, actualmente, a la calle Hidalgo. Para ella, los cambios estéticos y estructurales de la obra —que transformaron por completo el espacio tradicional— resultan insensibles e inarmónicos.
“Las fuentes parecen lápidas. Los pisos tienen que ser parejos, hay mucha gente grande que pasa. Quitaron los arcos, el adoquín; la transformación del espacio no tiene armonía”, opina con firmeza.
A pesar de los cambios, su puesto sigue siendo un punto de reencuentro generacional y transfronterizo: “Vienen de Estados Unidos, traen sus nietos y compran aquí”. “Este es mi jardín, porque yo no tengo casa, yo vivo en un departamento; este es mi hábitat y el de toda la gente”, confiesa.

Entre la memoria ecológica y la política de banqueta
La Güera no es ajena a la lucha social. En 2014 formó parte activa de la ciudadanía que se opuso a la remodelación del jardín, denunciando el derribo de árboles y la desaparición del quiosco tradicional. Para ella, la defensa del entorno es una cuestión vital.
“Siempre he sido sana, yo nada más vivo a lo tonto, por eso vivo aquí donde hay árboles, por eso vendo aquí porque hay árboles”. Y añade: “Antes se defendía lo histórico, lo ecológico, la gente que entiende sabe que tú nada más defiendes lo que realmente vale, lo que te sirve; a los humanos no nos sirven los millones, los lujos, ni los castillos, nos sirve la comida, la tranquilidad y los árboles, ¿a poco no?”.
Con una mirada crítica sobre la política nacional, se pregunta con franqueza: “por qué se dejó ganar el PRI”, recordando que es el partido que su abuelo le enseñó y con el que creció. Frente a los rumores de reubicación de su puesto, se mantiene inquebrantable y confía plenamente en el respaldo social. “Es más fácil que el pueblo me defienda a mí que a la presidenta municipal”, sostiene con la autoridad moral que otorgan décadas de honestidad y convivencia a pie de calle.
Hasta el último día
Hoy en día, aunque reconoce que las ventas han bajado y las obligaciones económicas persisten —como llevar el mandado a su mamá—, La Güera no concibe su vida en otro lugar. Rechaza cualquier local cerrado, incluso si fuera gratuito, porque su verdadera libertad está en la calle, bajo la sombra de los árboles y rodeada de la gente. Por la buena o por la mala, tiene claro su destino: terminará sus días trabajando en lo que ama, siendo el pulso viviente y la memoria del Jardín del Arte de Tulancingo.

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