“La Güera”, memoria viva del Jardín del Arte en Tulancingo

“La Güera”, memoria viva del Jardín del Arte en Tulancingo

Para quienes caminan por el centro de Tulancingo, hay presencias que se vuelven tan entrañables y cotidianas que parecen formar parte del mobiliario urbano. Así es “La Güera”, una mujer de rostro amable y espíritu libre a quien la gente saluda con un cálido “¡Hola, Güerita!” al pasar. Pocos saben su nombre de pila, un misterio que ella misma prefiere guardar; su historia está profundamente entrelazada con la memoria, la cultura y las calles de este municipio hidalguense.

Hija de artesanos y músicos, La Güera lleva el oficio grabado en las manos y en el alma. Su abuelo paterno, Vicente Alcíbar —a quien recuerda con profunda admiración y respeto—, fue su gran maestro y una figura clave en su vida. “Él era inteligente, qué bárbaro… antes la gente estudiaba poco y sabía mucho, ahora estudiamos mucho y sabemos poco”, reflexiona con agudeza.

Foto: Nathali González

Don Vicente no solo fabricaba nichos, cuadros y pulseras con elementos naturales —como los tradicionales colmillos de animal—, sino que poseía un conocimiento vasto que abarcaba desde notas musicales hasta las propiedades de las piedras y las hierbas. De él, la Güera aprendió el valor de la artesanía urbana y la cosmovisión detrás de cada pieza. “El sol era luz, esplendor, alegría y dinero, él se lo puso”, recuerda. Desde pequeña, entre canciones y encargos, su infancia transcurrió en los talleres improvisados donde los primos y hermanos aprendieron el arte de crear con las manos.

Una vida habitando el espacio público

El trayecto de La Güera por el centro de Tulancingo abarca décadas de mudanzas y resistencia urbana. Cuenta que comenzó cerca del antiguo mercado donde estaba la tienda Canadá, donde su abuelo ponía su puesto. Después, su labor se trasladó a las inmediaciones de la Biblioteca y, por instrucción gubernamental al tratarse de artesanía, al emblemático Jardín del Arte, un espacio que ocupó durante cerca de 24 años.

Tras la destrucción y remodelación de aquel jardín para convertirse en el Centro Cultural Ricardo Garibay, su puesto pasó al callejón San Vicente y, actualmente, a la calle Hidalgo. Para ella, los cambios estéticos y estructurales de la obra —que transformaron por completo el espacio tradicional— resultan insensibles e inarmónicos.

“Las fuentes parecen lápidas. Los pisos tienen que ser parejos, hay mucha gente grande que pasa. Quitaron los arcos, el adoquín; la transformación del espacio no tiene armonía”, opina con firmeza.

A pesar de los cambios, su puesto sigue siendo un punto de reencuentro generacional y transfronterizo: “Vienen de Estados Unidos, traen sus nietos y compran aquí”. “Este es mi jardín, porque yo no tengo casa, yo vivo en un departamento; este es mi hábitat y el de toda la gente”, confiesa.

Foto: Nathali González

Entre la memoria ecológica y la política de banqueta

La Güera no es ajena a la lucha social. En 2014 formó parte activa de la ciudadanía que se opuso a la remodelación del jardín, denunciando el derribo de árboles y la desaparición del quiosco tradicional. Para ella, la defensa del entorno es una cuestión vital.

“Siempre he sido sana, yo nada más vivo a lo tonto, por eso vivo aquí donde hay árboles, por eso vendo aquí porque hay árboles”. Y añade: “Antes se defendía lo histórico, lo ecológico, la gente que entiende sabe que tú nada más defiendes lo que realmente vale, lo que te sirve; a los humanos no nos sirven los millones, los lujos, ni los castillos, nos sirve la comida, la tranquilidad y los árboles, ¿a poco no?”.

Con una mirada crítica sobre la política nacional, se pregunta con franqueza: “por qué se dejó ganar el PRI”, recordando que es el partido que su abuelo le enseñó y con el que creció. Frente a los rumores de reubicación de su puesto, se mantiene inquebrantable y confía plenamente en el respaldo social. “Es más fácil que el pueblo me defienda a mí que a la presidenta municipal”, sostiene con la autoridad moral que otorgan décadas de honestidad y convivencia a pie de calle.

Hasta el último día

Hoy en día, aunque reconoce que las ventas han bajado y las obligaciones económicas persisten —como llevar el mandado a su mamá—, La Güera no concibe su vida en otro lugar. Rechaza cualquier local cerrado, incluso si fuera gratuito, porque su verdadera libertad está en la calle, bajo la sombra de los árboles y rodeada de la gente. Por la buena o por la mala, tiene claro su destino: terminará sus días trabajando en lo que ama, siendo el pulso viviente y la memoria del Jardín del Arte de Tulancingo.

Foto: Nathali González

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