Enrique Rivas columna Vozquetinta

Érase que se Era

Aura, de Carlos Fuentes; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez; Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska; La metamorfosis, de Franz Kafka; Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco; Los convidados de agosto, de Rosario Castellanos; Los días y los años, de Luis González de Alba; Movimiento perpetuo, de Augusto Monterroso; Nuevo catecismo para indios remisos, de Carlos Monsiváis; Paradiso, de José Lezama Lima; Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz… Menciono solamente doce clásicos de los innumerables títulos publicados en 66 largos años de vida por Era.

La era dorada de Ediciones Era ha hecho pública su anticipada jubilación. La venció un medio editorial hostil, inequitativo y mercantilista, carente del respaldo incondicional que debería brindar el Estado a la hechura y promotoría del libro impreso. Adiós, pues, a nuevas ediciones, tal vez también, por desgracia, a las reimpresiones. ¡Ay, cuánto dolerá de aquí en adelante conjugar en tiempo pretérito el verbo ser aplicado a la edición de pulcros y cuidados volúmenes, lo mismo de literatura que de historia, como aquellos a los que nos acostumbró esta bienhechora, entrañable empresa! ¡Qué frustrante será decir mañana o pasado: “Así de buena era la producción bibliográfica de Era”!

Algo muy profundo en mi vocación lectora se resquebrajó al enterarme de la ingrata noticia. Corrí a buscar los varios ejemplares de Ediciones Era que atesoro en mi biblioteca y aproveché para hojearlos por enésima vez, con el grato recuerdo de tantas horas de palique libro-lector que pasamos juntos. Separé uno de ellos con la utópica intención de releerlo en ocasión más propicia. Y a otros los cambié de lugar, situándolos ahora en el librero reservado a los tomos de mis series predilectas: la colección Austral, de la editorial Espasa-Calpe, y la colección Clásica y Contemporánea, de la editorial Losada… (Aún guardo en mi imaginación la sonrisa de gratitud que me brindaron todos al acariciarlos de nuevo).

¿Pasará el libro pronto a ser historia? ¿Se convertirán en fósiles otras buenas casas editoriales? ¿Habrá que ir diseñando ya un Parque Jurásico de papeles olorosos a tinta, visitado de tarde en tarde únicamente por vetarros afligidos?

Roguemos a todos los santos porque no ocurra eso. O al menos, que en cada lector comprometido se abra una nueva etapa formativa, igual a la que antes nos envolvió, cuando el libro todavía era un valor de primerísima necesidad, no como hoy: una simple mercancía que, para colmo, según Era dejó entrever en su carta de despedida, está en manos de ineficientes compañías distribuidoras.

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