Desde que tengo recuerdos más lúcidos de mi vida, tengo la convicción de no querer gestar ni maternar.
En mi niñez sí jugué con muñecas y con otras personas a ser madre, pero era eso: un juego. Crecí en una familia integrada mayoritariamente por mujeres. Escuché historias terribles, pero chuscas, sobre complicaciones durante el embarazo, el parto y el puerperio. Las vi organizarse con los cuidados y el trabajo. Nada me pareció atractivo. Soñaba con crecer, vivir sola en una gran ciudad, divertirme, pero siempre escuchaba a las personas a mi alrededor tener otros planes para mí: crecer, estudiar una carrera, trabajar, conocer a un hombre, casarme con él, tener hijos y trabajar. De nuevo, no parecía lo más atractivo. Tanto menstruar como embarazarme me daban miedo; deseaba infinitamente que no llegara ni uno ni otro momento. ¿Cómo que iba a sangrar cada mes, en medio de mucho dolor? ¿Por qué algo crecería en mí? Pero la expectativa de crecer, enamorarse de un hombre y tener hijos estaba latente en todo lo que conocía, lo que veía y escuchaba.
La vida me llevó a menstruar, algunas veces sin dolor, otras con mucho dolor; y a embarazarme en dos ocasiones, que francamente fueron experiencias terroríficas, pues mi cuerpo dejó de ser mío. Sentía que cargaba una bomba que iba a contrarreloj, así que abortar dos veces —aunque igual fueron experiencias desconocidas y con miedo— terminó dando alivio: mi cuerpo volvió a ser mío, mi vida cambió de rumbo, pero para bien. Vi amigas tener hijos en la adolescencia y cambiar radicalmente sus existencias; creo que han resignificado la experiencia. Perdí a una de mis mejores amigas por la preeclampsia; dejó huérfana a la que ahora es una adolescente que a veces me pregunto cómo comprende la vida. He acompañado a amigxs y personas desconocidas a abortar, a gestar, a llevar largas y costosas batallas para gestar fracasando en el intento, a maternar, a no querer maternar pero no tener otra opción. Creo que todo esto es lo que ha hecho que gran parte de mi vida hoy se dedique a la defensa de la autonomía corporal para decidir gestar y maternar.
Por esa razón, esta semana he visto una serie de noticias que giran alrededor de estas premisas: una mujer a la que le fue implantado consensuadamente un embrión de una pareja y que se negó a abortar cuando se enteraron de que el futuro bebé tenía una cardiopatía fatal; otra mujer que asesinó a sus hijos presuntamente por un estado de psicosis provocado por el posparto y la maternidad. También películas, como Nightborn, de una mujer que deseaba ser madre pero tiene un hijo que parece ser un monstruo y su estilo de cuidado es desafiado; y dos documentales sobre mujeres tan profundamente afectadas por no poder ser madres que tomaron decisiones que las llevaron a la cárcel (Un hijo propio e Instintos maternales). Luego leí sobre el fracaso que está implicando la criopreservación de óvulos, una práctica que se nos ha vendido como la panacea para cumplir con las expectativas de la vida capitalista y que supuestamente nos permite, a quienes tenemos la posibilidad de gestar, retardar ese proceso.
En nuestro presente, la gestación y la maternidad continúan siendo destinos infranqueables para muchas personas que nos negamos a complejizar. Queremos seguir aferrándonos a que son procesos sencillos y felices que le dan plenitud a las personas. Con tal de tener un hijo de sangre o al menos un bebé, estamos dispuestas a darlo todo, aunque en dicho proceso se pierda la vida. Y la soledad de la maternidad nos lleva a lugares mentales y reales inimaginables.
Espero que todo esto que escuchamos y miramos nos lleve a tener conversaciones más profundas que solo la romantización de estos procesos.
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crs

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