El inmenso escritor argentino Jorge Luis Borges murió en 1986, cuando aún faltaban 32 años para que apareciera publicada la primera edición de Un andar solitario entre la gente, un sorprendente aparato narrativo concebido por el español Antonio Muñoz Molina.
No tengo la menor duda de que el autor de El aleph y El jardín de los senderos que se bifurcan hubiera quedado fascinado ante un ejercicio escritural al que podemos denominar novela, pero que también es la prolongación de las obsesiones del autor por registrarlo todo en su diario, ya sea escribiendo a lápiz, auxiliado por una grabadora e incluso recortando periódicos y revistas.
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Existe en el narrador una fijación por anotarlo todo, por llevar un registro total del mundo porque es desde allí de donde surge el arte: “Yo buscaba una música de palabras que fuera al mismo tiempo la de la poesía y la del habla cotidiana y la de los anuncios y los periódicos y las revistas de moda y los mensajes eróticos y las profecías del horóscopo: una música transparente que se respira como el aire y que sin embargo nadie hubiera imaginado ni escuchado nunca”.
Muñoz Molina es también un estudioso de las vidas y obras de otros famosos paseantes urbanos de la literatura y del arte; es por ello que la novela se describe como: “la historia de un caminante que escribe siempre a lápiz, recortando y pegando cosas, recogiendo papeles por la calle, en la estela de artistas que han practicado el arte del collage, la basura y el reciclaje —como Diane Arbus o Dubuffet—, así como la de los grandes caminantes urbanos de la literatura: de Thomas de Quincey, Baudelaire, Poe, Joyce, Walter Benjamin, Melville, Lorca, Whitman… A la manera de Poeta en Nueva York, de Lorca, la narración de Un andar solitario entre la gente está hecha de celebración y denuncia: la denuncia del ruido extremo del capitalismo, de la conversión de todo en mercancía y basura; y la celebración de la belleza y la variedad del mundo, de la mirada ecológica y estética que recicla la basura en fertilidad y arte”.
Una vida dedicada a la observación del mundo y la escritura para llegar hasta una aseveración contundente: “El gran poema de este siglo solo podrá ser escrito con materiales de desecho”.
Celebro el haber encontrado este libro tan ambicioso y logrado… me parece completamente actual, más allá de aparecer antes de la pandemia y que el orden social fuera sacudido por el Covid-19. Me pierdo entre sus 494 páginas y me deslumbró ante todo lo que en ella se consigna; no puedo sino admirar el trabajo de alguien que también ha declarado: “Me gusta la literatura que me trastorna y me embriaga como vino o música, que me saca de mí, que me fuerza a leerla en voz alta y a favorecer su contagio, que me explica el mundo y me pone en pie de guerra con el mundo y me refugia de él y me revela con la misma vehemencia todo su horror y toda su belleza”.
Frases publicitarias, diálogos robados, trozos de revistas y muchos fragmentos de biografías -que importa si reales o imaginarias-, aunados a comentarios y recuerdos sobre obras de arte y pintores. Un mosaico gigante de parte de un hombre que vive para darse cuenta de todo y plasmarlo primero en sus cuadernos y luego en un libro que incluye tantísimos otros en su interior… una creación monumental.
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Se trata de una oda a partir de un escritor que mira y escucha… que asimila pasado y presente, siempre en pos de reflexionar y buscar la estética para compartir imágenes y frases muy poderosas: “Cada fracción de poesía es una entre esos millones de ostras en el lecho de la bahía del Hudson que filtran el agua y la limpian de los vertidos tóxicos. ¿No contamina una sola pila tres mil litros de agua? Un poema hace lo inverso con tres mil palabras contaminadas”.
Un andar solitario entre la gente… un portento de novela para descubrir en el momento que sea.
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