Hubo un tiempo en que vender una casa en el sur de Pachuca era vender un sueño: alberca en el render, parque en la maqueta, transporte público en la imaginación del vendedor. Las constructoras se especializaron en algo que ninguna universidad enseña con tanto éxito: la ingeniería de la promesa. Prometieron escuelas, drenaje, agua limpia, movilidad digna. Entregaron calles de terracería con vista a un letrero de “próximamente” que lleva ahí más años que algunos matrimonios.
Y aquí seguimos, con buena parte de la zona metropolitana viviendo el “próximamente” como si fuera un domicilio fiscal.
Hablemos de movilidad. Hay ideas millonarias y renders bellísimos. Lo que no hay es la posibilidad real de recorrer diez kilómetros sin que se te vaya media vida en el trayecto: Una o dos horas para cruzar la misma ciudad no es transporte público, es una prueba de resistencia. Los funcionarios inauguran proyectos en video mientras miles calculan su día en función del camión que tarda o no llega.
Tampoco falta el resto de la lista: sin drenaje, sin agua potable limpia. Detalles menores para quienes vendieron las casas y se lavaron las manos con el agua que sí les llegó a ellos. El modelo es sencillo: se vende, se cobra, se desaparece. Lo que queda es responsabilidad de “las autoridades”, esas que cambian cada tres años y dejan el problema, en un ciclo que ya podría patentarse como método de gobierno. Nadie se hace responsable porque nadie estuvo ahí el tiempo suficiente para que se lo cobraran.
No sorprende que el gobernador haya aceptado el planteamiento de un municipio 85. Tiene sentido si la alternativa es depender de alcaldías que, según perciben los propios vecinos, ven al sur como territorio ajeno del que solo se acuerdan en campaña. Un municipio nuevo no resuelve el drenaje por decreto, pero al menos coloca la indiferencia en la mesa de discusión.
Buena parte de quienes habitan estos fraccionamientos llegaron del Estado de México y de la Ciudad de México, y trajeron consigo algo que en Hidalgo todavía resulta exótico: la capacidad de organizarse. No con folletos ni paciencia infinita, sino con exigencia sostenida y mesas de negociación, una forma de hacer política vecinal que incomoda a quien está acostumbrado a que la gente espere en silencio.
Esa exigencia ha tenido algún efecto. El secretario de Gobierno, Guillermo Olivares, los ha escuchado, y ese gesto ha bajado la tensión en la zona. Es un avance, también insuficiente: escuchar no cambia el drenaje ni acorta el trayecto de diez kilómetros, pero al menos se puede trabajar a futuro con esas demandas.
Al final, cientos de miles de personas siguen esperando que alguien traduzca las palabras en obra: agua limpia, drenaje funcional, movilidad real y autoridades que no se laven las manos apenas cambia el calendario y mientras las construtoras irresponsables se llevan su tajada. Es lo mínimo que debería incluir un fraccionamiento vendido, precisamente, como una ciudad.
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crs

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