Hace 10 años empecé a conversar sobre la vejez.
Mi amiga, la doctora Guadalupe Cerón, trajo esa conversación a la mesa. Ella ha dedicado gran parte de su vida profesional al cuidado de las personas adultas y un día me preguntó si había imaginado en mi vejez, cómo quería verme, sentirme, quién me cuidaría, como quería ser cuidada.
Me sentí abrumada, incómoda y sentí un poco de terror. No me había pensado en la vejez, porque soy de la generación con familias más pequeñas, sin jubilación, con hábitos pocos saludables. Evidentemente, no parece el futuro más próspero.
A partir de ese momento, el tema no ha dejado de rondar por mi cabeza porque todos estamos envejeciendo y cada día estamos muriendo.
Desde la pandemia he visto el envejecimiento de una persona muy cercana. Una mujer que antes de ir perdiendo capacidades cognitivas y motrices, no salía ni a la tortillería sin arreglar y sin sus labios pintados de rojo. No tuvimos una buena relación, pero a pesar de ello nunca le deseas a una persona que termine como ella.
Aunque gran parte de su familia tenía una posición económica acomodada y que de hecho algunas de sus hijas y familiares hacían actividades altruistas como ir a actividades en el teletón; cuando empezó a requerir mayores cuidados se empezó a convertir en una carga.
Su deterioro físico y cognitivo avanzó más rápido por la falta de cuidados, por el desinterés. Algunos de sus hijos estuvieron ahí con cuidados y amor, sus nietos que juraban amarla no fueron a verla, para otros de sus hijos e hijas fue un dolor de cabeza.
Ver eso a la distancia me hizo entender que ser familia en un papel o por sangre, no garantiza el amor y los cuidados. Que puedes tener todo el dinero del mundo, pero que no sirve cuando existen esas carencias emocionales que ya no permiten que veas a la persona como eso, un ser humano que merece dignidad.
Al final de su vida, evidentemente la gente que nunca estuvo presente lloró sobre su cuerpo, pensaron en un sepelio con flores y en un lugar exclusivo para que se “notará el cariño y la importancia.”
Pero quienes fuimos testigos nos dimos cuenta que todo eran apariencias y que sentían una tranquilidad enorme de ya no tener esa carga.
Creo que es importante que tengamos una conversación sobre los cuidados en la vejez, con nuestras familias pero también en sociedad, porque el cuidado en esta etapa de la vida es responsabilidad de todes.
Nadie debería terminar en condiciones paupérrimas, sin acceso a la salud, sin cariño, pues son las conexiones con las personas las que nos anclan a la vida.
Sí debería existir responsabilidades, no precisamente penales, y para aquellas familias que dejan en el olvido a quienes en vida si les cuidaron.
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crs

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