El partido México – Inglaterra jugado ayer, pasará a ser una línea más en el voluminoso libro de las relaciones mexicano – británicas, ahí donde aparecen los años de la gran inversión inglesa para la modernización de ferrocarriles y puertos, durante el Porfiriato; las tensiones de mayor calibre de la expropiación de las compañías petroleras decretada por el presidente Lázaro Cárdenas; y los mejores momentos diplomáticos en las recíprocas visitas de Estado del presidente Luis Echeverría a Londres, y de la reina Isabel II a México, en los años setentas, primeras al más alto nivel para ambos países.
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En esa historia, el estado de Hidalgo tiene una vertiente importante, palpable por cotidiana, después de transcurridos doscientos años de la llegada de la fallida Compañía de Mineros Aventureros, venida de Cornwall, a explotar los fundos de Real del Monte y Pachuca. Perduran en comida, religión, educación y deportes; se multiplica en la presencia común de personas y familias de apellidos cornish; y edificaciones, fabriles, habitacionales y civiles.
Se suman anécdotas también de peculiar significado: un embajador del gobierno mexicano ante Gran Bretaña, don Eduardo Suárez, de profundos vínculos hidalguenses, sanguíneos, políticos y familiares; el entonces Príncipe de Gales, hoy rey Carlos III de visita hace algunos años en Real del Monte, cuyo acto culminante fue llevar al ilustre visitante a elaborar un paste; y muy destacable por su trascendencia, esa sí, la presencia de una joven generación de jóvenes hidalguenses en las más prestigiadas universidades británicas.
Destacadamente está en ese recuento el futbol, traído por los mineros de la segunda oleada, la de mediados del siglo XIX, muy presente desde entonces en la vida de la antigua comarca minera; es tema principal en esa historia. Hace unos días el New York Times retomaba, a propósito del campeonato mundial, una añosa discusión sobre la primera población dónde se había practicado el deporte del balompié en México, ¿Real del Monte o Pachuca?. A fin de cuentas una mera curiosidad anecdótica.
Lo importante del hecho es, el significado como vínculo de convivencia entre extranjeros y nacionales, lo suficientemente atrayente para superar cualquier discriminación en ambos sentidos. Una cancha improvisada, da lo mismo el sitio exacto, fue escenario de ese encuentro natural de culturas identificadas solo por el rudo trabajo minero bajo la tierra. Eso es lo trascendente. Y más rescatable hoy, cuando los flujos migratorios, en cualquier parte del mundo, concitan rechazo, no asimilación como entonces aquí sucedió.
Imperceptiblemente nuestras ciudades se han vuelto, otra vez, espacios de acogida para personas migrantes. Lo preocupante ahora es el ánimo de rechazo prevaleciente, quizá prejuiciado por la desconfianza en la persona desconocida, alimentado por la inseguridad; incluso con mensajes de rechazo explícito: “ no vengan”. Y de ahí la indiferencia hacia el sufrimiento presente en los camellones convertidos en estaciones de una necesidad solo advertida con desprecio.
Más allá de la poco amable intención de perturbar el descanso de la escuadra visitante, el detallado análisis del tiempo de juego, del marcador y sus consecuencias, todo merecerá ríos de tinta y horas de conversación, humor y ácido.
Son momentos de intensidad deportiva, pero sin duda de muchos más significados: el novedoso y cuestionado diseño de la justa internacional; la infranqueable brecha de acceso a los estadios para la gran masa de su afición; la improvisación evidente de infraestructura y logística requeridas para un acontecimiento de tal magnitud; la muerte, imposible minimizarla, en los festejos callejeros y, finalmente, el costo – beneficio, en términos económicos, para la economía nacional.
Otros elementos habrán de evaluarse, por ejemplo los conflictos políticos con quienes aprovecharon la oportunidad de los reflectores, por la dimensión mediática del compromiso mundial, para sacar raja mediante la ocupación del espacio público como medida de presión al gobierno, arreglados por rápida vía económica tras largas “negociaciones”, y las afectaciones al comercio.
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Por supuesto, será de gran interés, por no decir indispensable, atender y entender la solidaridad, ausente hace ya algún tiempo, motivada por la competencia de nuestra selección. Concluido el campeonato volveremos a una realidad temporalmente suspendida por la avalancha de comunicación espontánea. Ahí queda el mensaje contundente para quien o quienes deban interpretarlo. Millones ya lo vivimos intensamente.
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