Abrazos genuinos

Por: Miguel Ángel Tello Vargas

Hay momentos en que la sociedad se adelanta a sus instituciones. El fútbol es uno de ellos. En las calles, en las plazas, en los bares y en las casas, mexicanos de distintas regiones, ideas y condiciones se han abrazado celebrando los triunfos de la Selección en este Mundial que coorganizamos. No fue un acuerdo político ni una campaña de comunicación: fue un impulso genuino, espontáneo, que disolvió por unos días las divisiones que parecen permanentes. Eso, en sí mismo, es una lección.

Octavio Paz describía en “El Laberinto de la Soledad” las fiestas mexicanas como revueltas que rompen el orden rígido y permiten, aunque sea fugazmente, la comunión. El “Tri” nos ha dado exactamente eso: abrazos genuinos. No la confrontación que separa, sino el reconocimiento mutuo que une. Y la pregunta que me hago —que creo que vale la pena hacerse— es por qué esa energía tan real, tan visible en las tribunas y en las calles, cuesta tanto trasladarla a la vida pública.

Paz diagnosticó una soledad histórica que se expresa en máscaras, en dualidades, en narrativas que simplifican lo complejo para justificar la distancia entre unos y otros. El “chingón” y el “agachado”. La polarización como hábito. La desconfianza como reflejo. Pero también señaló que la grandeza consiste en transfigurar esa pesadilla histórica en obras duraderas, a través de la creación y la comunión. No negando las contradicciones, sino atravesándolas.

México ha avanzado en los últimos años en reducir desigualdades que parecían estructurales. Eso es real y es importante. Pero una transformación auténtica no se sostiene solo en los avances materiales: necesita también el tejido social que los hace duraderos. Necesita instituciones en las que la gente confíe, diálogo que reconozca la pluralidad sin anularla, y una cultura pública donde el desacuerdo no sea sinónimo de enemistad. Necesita, en suma, más abrazos genuinos.

El balón ya rodó y nos unió. Esa energía no debería quedarse en los noventa minutos. La cancha más grande es el país entero, y en ella también se puede ganar con esfuerzo colectivo, con un objetivo común y con la disposición de celebrar juntos. No como consigna, sino como práctica. No como slogan, sino como forma de hacer política, de construir instituciones, de convivir.

Abrazos genuinos. Que no sea solo el título de una columna.

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