Por: Dino Madrid
Abelardo de la Espriella ganó en Colombia y ciertos analistas ya escriben: “Ahora sigue México.” Como si la derrota del Pacto Histórico presagiara automáticamente el colapso de morena en 2027. Como si Colombia fuera el avance de una tendencia regional inexorable. Pero esa narrativa comete un error monumental, ignora que la oposición mexicana no es una oposición real, sino un papel mojado.
En Colombia existía una oposición de verdad; fragmentada, ciertamente. Pero con estructura territorial, con candidatos evaluables como alternativas concretas. De la Espriella ganó porque ofreció algo diferente a Petro, porque logró construir una coalición coherente, porque tuvo capacidad de negociación política. La contienda fue polarizada, cerrada, pero fue entre dos proyectos políticos tangibles.
¿Y México? La oposición no tiene eso. No tiene proyecto coherente, no tiene candidatura unificada, no tiene capacidad de definir su oferta electoral para 2027. El PAN, PRI y PRD existen en papeles constitucionales, en registros de financiamiento, en espacios legislativos heredados. Pero como proyectos de poder prácticamente no existen. Sus bases migraron a morena o se quedaron en casa sin motivación.
La oposición mexicana está fracturada en tres fragmentos sin comunicación entre ellos. El PAN intenta ser centro-derecha que nadie compra porque sus mejores cuadros se fueron a morena. El PRI intenta reconstruirse desde las ruinas más profunda. El PRD se disolvió sin identidad ni razón de ser. Ninguno tiene el músculo territorial de la derecha colombiana ni la capacidad de articular un discurso que convoque a millones. Y más importante, ninguno responde la pregunta fundamental que define toda política: ¿qué van a hacer diferente?
Porque eso es lo que permitió que De la Espriella ganara en Colombia: tenía respuestas concretas sobre economía, seguridad y futuro institucional. La gente sabía exactamente qué representaba, para bien o para mal. En México, la oposición ni siquiera llegó a ese punto de madurez política. No tiene propuestas consolidadas, no tiene rostro de candidatura, no tiene dignidad de ofrecer alternativa diferente pero clara. Lo que tiene es crítica constante, a veces justa, a veces desesperada. Y la crítica no gana elecciones cuando el crítico no ofrece nada distinto.
Por eso el paralelo con Colombia es fundamentalmente falso. No porque morena sea invencible, sino porque la oposición colombiana, pese a sus limitaciones, fue capaz de presentar una alternativa de poder real. La oposición mexicana es derechita fraccionada, sin articulación, sin proyecto más allá de criticar un día sí y al otro también.
En México no tenemos una oposición como la colombiana. Tenemos un papel mojado escribiendo posts en redes sociales quejándose de que morena gana. La diferencia entre Colombia y México no es que uno tenga onda regresiva. La diferencia es que uno tiene oposición real, aunque sea de derecha, y el otro tiene fragmentación, nostalgia y crítica sin respuestas. Y eso, en política, es la diferencia entre poder competir y condenarse a la irrelevancia.
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