Más allá del momento hilarante de observar los reels en las redes sociales, el Mundial de Fútbol de 2026 ha convertido a las avenidas y plazas de México en anfiteatros de un ritual volcánico. Tras la marea verde que inunda el asfalto y el rugido unísono que estalla en los pechos, habita un fenómeno que trasciende el simple ocio deportivo. Se trata de una cartografía espiritual y antropológica: la transmutación del mexicano que, a través de los ritos de la pelota, suspende su cotidianidad para mirarse en el espejo del mito y de la fiesta.
Para comprender la efervescencia de esta feligresía profana, es imperativo desenterrar las raíces de nuestra identidad. En “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz diagnosticaba que el mexicano vive replegado en sí mismo, defendido por una muralla de recelo y formalidades. Sin embargo, la fiesta es la grieta por donde ese ser hermético se derrama: “La fiesta es una operación cósmica: el experimento que consiste en desordenar el orden establecido… El mexicano no se divierte: se excede”.
Durante este Mundial, los estadios y las plazas no son meras sedes geográficas; son el espacio sagrado donde el “raquítico” orden secular se rompe para dar paso al exceso paciano. En la celebración del gol, el mexicano rompe su máscara de orfandad histórica y se entrega a una comunión violenta y gozosa con el prójimo. El abrazo con el desconocido en el Ángel de la Independencia no es un gesto fortuito; es la abolición del laberinto, el instante puro donde el autodenominado “hijo de la chingada” se reconoce, al fin, acompañado.
Esta catarsis colectiva encuentra un eco preciso en el pensamiento del filósofo contemporáneo Byung-Chul Han, quien en su obra “La desaparición de los rituales”, advierte sobre la desolación de nuestra época hiperconectada pero carente de comunidad auténtica. El filósofo surcoreano señala: “Los rituales generan una comunidad sin comunicación, mientras que hoy predomina una comunicación sin comunidad”
El Mundial de 2026 opera precisamente como una resistencia contra esa atomización digital. Al gritar frente a las pantallas gigantes, la masa mexicana se despoja del aislamiento del homo digitalis. El cuerpo exhausto que canta bajo el sol no busca transmitir datos ni acumular “likes”; busca la resonancia analógica de la tribu. Es el retorno de lo sagrado bajo el ropaje de lo profano, un espacio temporal donde, como diría Han, la vida “recupera su duración” a través de una liturgia compartida.
Por otro lado, la naturaleza de este festejo desborda los límites de la alegría ingenua. Las calles de México durante el Mundial son un caleidoscopio donde conviven la euforia y el drama, la vana ilusión del triunfo y la resignación ante la fatalidad del “ya merito”.
Aquí es donde la visión de Paz se trenza con el pensamiento de Jean Baudrillard, quien en “Cultura y simulacro” decía que: “El acontecimiento ya no tiene lugar en lo real, sino en el espacio de los signos”.
El balón que rueda en la cancha es el simulacro perfecto de una épica nacionalista que sustituye las batallas históricas por la estética del juego. El mexicano invierte su fe en este drama hiperreal porque sabe, de manera inconsciente y casi poética, que el triunfo deportivo es un espejismo bello, una mentira necesaria para conjurar la herida de un pasado colonial y un presente convulso. Festejamos con la desesperación del náufrago: el júbilo es nuestra trinchera y el canto de “Cielito Lindo” es un bálsamo trágico contra el olvido.
El comportamiento del mexicano ante el Mundial de 2026 es una coreografía metafísica. Es la confirmación de que la mexicanidad sigue siendo un péndulo herido entre la soledad insondable y la comunión absoluta. En cada plaza, bajo la lluvia de cerveza y el estruendo de los tambores, México vuelve a escupir su secreto al cielo: somos un pueblo que juega para no morir, y que, en el exceso de la fiesta, por noventa minutos, logramos burlar al minotauro y salir del laberinto.
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