Por: Dino Madrid
Hay momentos en la historia de los movimientos políticos en los que lo urgente deja de ser urgente y lo necesario se vuelve posible. Morena está en uno de esos momentos. Durante años, la estrategia fue clara, abrir las puertas a quien quisiera sumarse, reciclar figuras de otros partidos, construir mayorías con lo que había disponible. Y funcionó. Pero hoy, con las preferencias electorales más altas de su historia, con millones de militantes formados en sus filas y con un proyecto consolidado en el poder, la pregunta es inevitable: ¿todavía necesita morena reciclar cuadros de otros partidos o ya puede disputar lo que viene con sus propios liderazgos?
Y no, no se trata de cerrar las puertas. Morena nació como movimiento amplio y esa vocación incluyente es parte de su identidad. Pero una cosa es estar abierto a todas y todos, y otra muy distinta es seguir dependiendo de figuras que llegan por oportunismo electoral, sin historia compartida, sin arraigo en la lucha, sin compromiso real con la transformación y que además no abonan prácticamente nada electoralmente. Y peor aún, seguir integrando figuras que ya han probado no estar a la altura de las circunstancias. Porque hay una diferencia — ah sí que la hay — fundamental entre quien se suma porque cree y quien se suma porque ya no tiene a dónde más ir.
En 2018, reciclar cuadros del PRI, del PAN o del PRD tenía sentido. Morena no tenía estructura completa en todos los estados, no tenía experiencia de gobierno en muchos niveles, no tenía cuadros suficientes para cubrir todas las posiciones. Entonces llegaron exgobernadores priistas, exsenadores panistas, exalcaldes perredistas. Algunos aportaron experiencia, otros solo trajeron sus redes. Algunos se convirtieron en aliados leales, otros siguieron — y siguen — operando con la lógica del viejo régimen. Y algunos, directamente, demostraron que no servían. Pero en ese momento, la prioridad era ganar. Y se ganó.
En 2024, la lógica se repitió. Morena arrasó en las elecciones, logró la mayoría calificada, ganó gubernaturas clave. Parte de esa victoria se construyó con alianzas amplias, con figuras que no venían de las militancias históricas pero que sumaban votos, territorio, capacidad de negociación. De nuevo, funcionó. Pero ahora viene la pregunta de fondo: ¿es sostenible seguir por ese camino cuando ya tenemos evidencia de que muchos de esos cuadros reciclados fracasaron en sus encargos, traicionaron la confianza o simplemente no dieron resultados?
Porque lo que hoy tiene morena es algo que no tenía antes, una base militante enorme, formada en la lucha, con experiencia acumulada y con lealtad probada. Millones de personas que no llegaron por oportunismo sino por convicción. Que recorrieron calles cuando nadie les pagaba, que defendieron el proyecto cuando era impopular, que construyeron estructura desde abajo. Y muchas de esas personas ven cómo los espacios se reparten entre figuras recicladas —algunas de ellas ya con historial de fracaso— mientras ellas siguen esperando su turno.
Y justo ahí está lo problemático. Porque cuando un militante de años ve que los espacios se le dan a quienes hace apenas seis meses estaban en otro partido, o peor, a alguien que ya tuvo una oportunidad y la desperdició, el mensaje que recibe es claro, que la lealtad no importa tanto como la popularidad coyuntural, y los resultados importan menos que los apellidos o las conexiones. Eso genera resentimiento, desmotivación, fracturas internas. No porque la militancia sea mezquina, sino porque es humano sentir que el esfuerzo de años vale menos que el oportunismo de meses o la segunda oportunidad inmerecida.
Entonces vale la pena reflexionar, reflexionar en torno a que si morena tiene las preferencias electorales más altas de su historia, si tiene millones de militantes, si tiene cuadros formados en sus propias filas, ¿por qué seguir apostando por figuras recicladas que además ya demostraron no estar a la altura? ¿Por qué no disputar lo que viene con los mejores cuadros emanados y formados en morena? No se trata de purismo ideológico. Se trata de coherencia política. De enviar el mensaje de que la militancia sí importa, de que los resultados sí cuentan, de que el proyecto tiene raíces propias y estándares propios.
Y no se equivoquen, esto no significa cerrar las puertas. Significa elevar el estándar. Que quien quiera sumarse a morena sepa que no basta con cambiar de camiseta, que hay que demostrar compromiso, que hay que construir desde abajo, que hay que ganarse la confianza de las personas. Y que quien ya tuvo una oportunidad y falló no puede esperar que el movimiento le regale otra por simple inercia.
Porque hay otra razón para este cambio, la calidad del voto. Es momento de que los millones de simpatizantes de morena vayan a las urnas con el corazón, no con la nariz tapada. Que voten por figuras que representen genuinamente el proyecto, no por figuras que “no son tan malas como la oposición” o que “ya estuvieron antes pero ahora prometen que sí”. Porque votar con la nariz tapada no construye lealtad, construye resignación. Y la resignación no moviliza, no defiende, no sostiene nada.
Morena tiene hoy lo que ningún movimiento de izquierda había tenido en México: resultados, poder, estructura, preferencia ciudadana y tiempo. Tiene la oportunidad de construir y consolidar liderazgos propios, formados en sus filas, con identidad clara, con compromiso probado, con resultados demostrables. Y si no lo hace ahora, cuando tiene todas las condiciones a favor, ¿cuándo lo va a hacer?
La apuesta por cuadros propios no debe pasar por lógicas de nostalgia ni purismo, sino de estrategia política de corto, mediano y largo plazo. Porque los movimientos que sobreviven son los que construyen liderazgos propios. Y los que dependen eternamente de figuras recicladas —especialmente de aquellas que ya demostraron no funcionar— terminan siendo versiones más exitosas de lo que combatieron.
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