Se tiene por bien sabido que la inmensa mayoría de personas pueden llegar a crear una obra de arte, ya sea una canción, un poema, una pintura, etcétera, pero ello no los convierte en artistas; un artista se consolida cuando llega a controlar ese “accidente” estético, cuando según sus intenciones -muy conscientes- se apela a la experiencia sensible y se designa a “algo” como una obra de arte -la intencionalidad es fundamental-.
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Pienso en ello mientras repaso Final feliz, el segundo libro de cuentos de Jose Rangel, y una de las premisas a las que llego es que debemos de asumir la lectura como si se tratara de cualquier escritor… que no tendría que revestir una importancia especial o un trato diferenciado el hecho de que sea un músico que milita en Café Tacvba -ello tendría que ser un mero dato colateral en términos literarios-; desde hace tiempo se ha asumido como un escritor a toda regla.
Esta vez el nativo de Minatitlán nos entrega 12 cuentos que amplían su visión sobre el mundo y ello me lleva hasta Raymond Carver, uno de los mejores cuentistas de los que se tenga memoria, y que en un texto titulado El cuento: Algo vislumbrado con el rabillo del ojo apunta: “Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse”.
Me parece que en Final feliz Joselo reitera que tiene bien enfocado cual es su mundo y lo fértil que le resulta para detonar la escritura.Y es que debo decir que como es natural y normal con los libros de cuentos, solemos quedarnos con las historias que se instalan en la gaveta de nuestras más caras pasiones.
Es así que destaco Lienzo de entre la presente entrega, pues se trata de una incursión por el ámbito del arte contemporáneo y lo que parecería una historia de ligue y sexo extremo vira hacia la posibilidad de encontrar una impecable superficie para realizar una pieza a partir de mordidas.
Tal hallazgo dérmico se estimula con gozosas rayas de coca y la presencia de un artista mexicano de talla mundial que convierte hasta sus ratos como mero pincha discos en la base de una futura obra conceptual… Lienzo es casi una noveleta dentro del libro.
Pero también nos presenta Los Charlys, un cuento protagonizado por un mexicano que es padre de una niña y tiene que resolver su disfraz para asistir a una fiesta infantil en Buenos Aires, que termina siendo más bien un debraye sublime para los padres.
Lo que parecería un recuento de un asunto domestico -lleno de mamás argentas guapísimas- se torna en un periplo alucinante alrededor de una especie de secta conformada por imitadores y admiradores del genio del bigote bicolor.
Ese papá mexicano, fan de Charly García, queda inmerso en un delirio estimulado por el consumo de chocohongo y una feligresía desbordada hacia el autor de “Los dinosaurios”y “Nos siguen pegando abajo”, entre muchísimos otros himnos del rock hispanoamericano.
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Incluye también una historia relacionada con la nostalgia y en la que The Cure resulta el puente para remontarse hasta tiempos idos… un funeral es el escenario para remendar hilachos de un sueño juvenil lleno de ilusión y utopía.
Raymond Carver insistía a propósito del arte de escribir cuento que: “Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado”. En Final Feliz Joselo Rangel atravesó varios de esos instantes fulgurantes para elegir como mucho tino lo que debía de ser narrado… su avance como escritor es indiscutible y algo digno de elogio.
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