A principios de la década de 1990 el mundo era otro. Para quien escribe este texto, comenzaba esa extraña etapa de incertidumbre, cuando el cuerpo es inestable. Cuando no somos niños, pero tampoco jóvenes. No sabemos lo que queremos y andamos buscando acicates que guíen nuestros pasos.
Mi vida transcurría en un barrio céntrico de Pachuca. Famosos por su altura, eran conocidos como “los barrios altos”. El nombre no era arbitrario, su altura se corroboraba con la posibilidad de dominar todos los límites de la ciudad.
Al acercar más la toma de esos recuerdos, lo que veo es una vecindad, punto de encuentro de mi familia paterna. Como antes se estilaba, los hijos no tenían que preocuparse por comprar una casa, alrededor se preveían terrenos que se convertían en futuras reservas para cuando la familia se extendiera. Así, en algún momento, los primos se volvían hermanos por extensión.
Daniel y su hermano Sergio vivían frente a la puerta de mi casa. Esa cercanía física nos hizo compartir miles de instantes, que hoy se acumulan en viejos cajones de la memoria. Entre esos instantes, varios se arremolinan en torno a los videojuegos de entonces. Se agolpan en aquellas incursiones a las “maquinitas”, acomodadas en oscuros y a veces reducidos locales situados en el primer cuadro de Pachuca.
Ahí gastábamos horas intentando vencer los obstáculos que imponía el videojuego del momento. Desde los primeros, tan elementales como el adictivo Space Invaders, pasando por Tetris, Pacman, Mario Bros, Castlevania, Contra, hasta llegar a las sagas de Street Fighter y Mortal Kombat.
Fueron estos últimos los que abrieron otra posibilidad: la de hacer torneos entre los gamers más avezados. Las competencias eran épicas. Sin mayor organización que la comunicación de boca en boca, las justas desbordaban las capacidades de los locales. Todo mundo quería ser testigo de los finalistas, entre quienes casi siempre se encontraba Daniel.
El tiempo transcurrió, y la vecindad se convirtió en la nave nodriza que nos vio partir hacia otras latitudes. Pero, aun así, los primos buscamos siempre mantener la cercanía. Daniel nunca soltó los videojuegos. Ya no era asiduo asistente a las maquinitas, pero se allegó de las consolas del momento.
Después un día nos contó que se había inscrito en el torneo mundial de Pacman. Sabíamos que llegaría lejos, pero no imaginamos que superaría a sus rivales gringos, japoneses y europeos. La proeza lo convirtió en el primer mexicano, y hasta ahora el único, en obtener el título mundial del legendario videojuego en 2007.
Como recompensa, Daniel Borrego recibió una consola, entregada personalmente por el creador de Pac-Man, Toru Iwatani, la cual permaneció intacta: nunca fue encendida ni conectada, conserva su caja original y manuales sin uso.
Su singularidad radica en que fue diseñada exclusivamente para conmemorar aquel campeonato. Hoy Daniel decidió subastar esa rareza través de la plataforma Golden Auction el próximo 21 de mayo.
Le pregunté sus razones para desprenderse de ese preciado objeto, y me explicó que su deseo es que la consola sea adquirida por un museo o institución que pueda preservarla y exhibirla como parte del legado cultural de los videojuegos.
Pero también, que su objetivo es que las nuevas generaciones conozcan que un mexicano fue campeón mundial de Pac-Man. Y lo principal: que su triunfo sirva de ejemplo de que, con metas claras, esfuerzo y perseverancia, “México puede lograr grandes cosas en cualquier ámbito”. Y sí, me consta que sí se puede.
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