Limpiar la casa o ceder ante la mano que Washington intenta torcer

La soberanía nacional no se pierde solo en las cortes extranjeras; se entrega en las fronteras y se debilita con la impunidad y traiciones internas. La reciente embestida del gobierno de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, es la culminación de una estrategia de presión que tiene dos frentes claros: la respuesta al liderazgo internacional de Claudia Sheinbaum en Barcelona y la alarmante permisividad en Chihuahua.

El reciente viaje de la presidenta Sheinbaum a Barcelona no fue una simple visita diplomática. Al fijar una posición frontalmente opuesta a la narrativa de Donald Trump y defender el derecho de México a decidir su propio destino sin tutelajes, la Presidenta marcó una línea de fuego.

La respuesta de Washington fue quirúrgica: reactivar expedientes judiciales para golpear la línea de flotación de Morena. Es un intervencionismo de manual: si México no se alinea, se le desestabiliza usando sus propias debilidades.

Mientras en el centro del país se habla de soberanía, en el norte la realidad es otra. La crisis provocada por la gobernadora panista Maru Campos al permitir el ingreso y operación de agentes de la DEA en Chihuahua, bajo el pretexto de la seguridad estatal, es un acto de claudicación y traición. Estos agentes, operando bajo el “cobijo” del gobierno estatal, representan una afrenta directa a la Constitución.

Es inadmisible que un gobierno local actúe como puente para agencias extranjeras, saltándose la autoridad federal y vulnerando la seguridad nacional en un momento de alta tensión bilateral.

Sin embargo, la defensa de la patria exige limpieza total. Morena tiene una responsabilidad ineludible en esta crisis por no haber depurado sus filas a tiempo. Desde la primera declaración de Ismael “El Mayo” Zambada, donde se vinculaba directamente al gobernador sinaloense con el crimen organizado, el partido debió actuar.

Mantener a un personaje bajo sospecha, cuando todo el país señalaba los nexos, fue entregarle en bandeja de plata el pretexto perfecto a Estados Unidos para “torcerle la mano” a la administración actual.

Claudia Sheinbaum ha demostrado una inteligencia y temple superiores para navegar tormentas políticas. El dilema es brutal: defender la soberanía contra el intervencionismo de la DEA y los tribunales de Nueva York, o ceder ante la presión para evitar mayores daños.

Es hora de arropar a la Presidenta. La soberanía no debe ser moneda de cambio, pero tampoco puede ser escudo de personajes impresentables. México debe cerrar filas contra los agentes extranjeros que entran por la puerta que les abre la oposición en el norte, pero también debe tener el valor de extirpar los tumores internos que hoy le dan armas al intervencionismo.


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