¡Día Nacional de la Música Tradicional Mexicana! Apenas me enteré, de rebote, que algo así existe desde 2022, establecido formalmente por el Congreso de la Unión para festinarlo cada 24 de abril, aniversario luctuoso de Manuel M. Ponce, el llamado padre del nacionalismo musical mexicano. Ni duda cabe: una efeméride más, como tantas otras, sacada de la manga por decreto, desconocida por sus dizque beneficiarios y que hasta hoy en nada ha repercutido, empezando porque ni festejos cumpleañeros oficiales hubo en este 2026 (mínimo, digo yo, le hubieran entonado las populares mañanitas, aquellas que armonizó, no que compuso, pues ya existían desde el siglo XIX, el maestro zacatecano-aguascalentense).
¿Esperaríamos otra cosa de nuestras autoridades nacionales y estatales de Cultura? ¿Algún encuentro en cierta plaza pública donde músicos, cantantes y bailadores manifestaran libremente su arte, sin ponerlos a concursar? ¿Alguna mesa redonda (o para usar la palabreja de moda: un conversatorio) con personas dedicadas a la investigación, difusión y fomento de las tradiciones? ¿Alguna presentación de libro, película o fonograma alusivo al tema? ¿Algún taller de enseñanza músico-vocal a infantes y jóvenes? ¿Alguna entrega de instrumentos musicales en comunidades marginadas, sean nuevos o restaurados por los viejos lauderos de nuestros pueblos?…
Eso sería pedirle peras al olmo. La nube de lo institucional está muy distanciada del piso firme. Carece de orden, de método, a veces, inclusive, de sentido común. Sus pocas acciones, al cobijo de una ilusa trasformación, sirven más para el reflector y la selfi que para reforzar la identidad colectiva. El aparato gubernamental hace como que hace. Ejemplifica muy bien la sabiduría de uno de nuestros más divertidos refranes: “La nuera barre lo que ve la suegra”. Y aquí tenemos, a vista de todos, la escoba legaloide empuñada como argumento para barrer a las agrupaciones de la sociedad civil que desde su sana independencia trabajan de veras en pro de la cultura.
«La política cultural», tanto la del país en su conjunto como la de cada estado de la federación, se entendería mejor si le cambiáramos el nombre a «la cultura política». Ojalá ésta lo fuese al modo platónico, como el pleno ejercicio de virtudes, voluntades y consensos de la Polis, pero no ocurre así. Lo político sojuzga a lo culto, lo aprisiona a sus intereses, lo condiciona a las coyunturas del poder en turno. Cuando en apariencia apoya a la cultura es para presentarla descafeinada, como souvenir turístico o muñequita de biscuit. ¡Pobre cultura, tan lejos de Dios y tan cerca de la política bisoña y rastrera; en una palabra: inculta!
¿Y la música tradicional? Bien, gracias. Sobrevive porque aún tiene voz y voto en nuestra mexicanidad, porque de todas maneras se expresa espontáneamente cuando llega el momento, no porque el gobierno le otorgue condiciones institucionales para preservarla. Yo, por lo pronto, en honor a ella, me voy a tomar un aromático (y, ¡ay, nanita!, “delictivo”) café en el centro de Pachuquita la bella.
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