La misma crisis política que se viene

En Hidalgo no falta paisaje, falta carácter. Sobran montañas, historia, gastronomía y discursos que hablan de identidad; lo que escasea, curiosamente, es la gente dispuesta a defender algo más allá de su siguiente cargo público. Porque aquí la vocación política no suele empezar con una causa, sino con una invitación… y de preferencia con cargo y presupuesto incluidos.

El problema no es nuevo, pero sí persistente: la política local sigue operando bajo ese manual no escrito del viejo priismo donde el mérito es secundario y la lealtad, mal entendida, es moneda de cambio. Cambian los colores, pero no las prácticas. Y así, disentir no es una virtud democrática, es casi una falta de respeto. Pensar distinto no te vuelve interesante, te vuelve incómodo.

Mientras en otros lados el debate público es parte del desarrollo político, aquí sigue siendo una aspiración académica, de esas que se quedan en foros universitarios con café frío y auditorios medio vacíos. En la calle, en la colonia, en el municipio, el contraste de ideas no florece; se poda. Y cuando eso pasa, lo que crece no es ciudadanía, sino apatía.

El resultado es bastante predecible: una sociedad poco participativa y una fuga silenciosa de perfiles que sí podrían aportar algo distinto. Los que pueden, se van. Los que se quedan, resisten. Y los que llegan al poder… bueno, esos ya sabemos cómo llegaron.

Pero lo interesante, por no decir preocupante, viene en los próximos meses. Se acerca el momento de armar las boletas para ayuntamientos, diputaciones locales y federales, y la gran pregunta no es quién va a ganar, sino de dónde van a salir. Porque cuando uno revisa la baraja, lo que encuentra no es precisamente abundancia de talento.

En Morena, por ejemplo, el partido que aún presume hegemonía, sigue en ese extraño ejercicio de desplazar a sus propios fundadores para abrirle la puerta a reciclajes políticos de dudosa frescura. Tricolores que cambiaron de camiseta pero no de hábitos. Y así, llenar candidaturas en 84 municipios empieza a parecer más una tarea de logística que de representación.

Del otro lado, si es que los hay, la oposición vive en su propio letargo. Más ocupada en la supervivencia financiera que en la construcción política. Cobrar sin incomodar, existir sin proponer. Y luego se preguntan por qué no conectan con nadie.

Así que la ecuación es sencilla: pocos cuadros, muchas candidaturas y cero autocrítica. El resultado no es una competencia electoral vibrante, sino una simulación funcional donde lo importante no es convencer, sino completar.

Y mientras tanto, el ciudadano promedio —ese que sí paga las consecuencias— tiene claro algo: su vida no ha cambiado gran cosa en los últimos 20 años por decisiones locales. Si algo ha mejorado, suele venir de políticas federales. Lo estatal y municipal, en muchos casos, pasa de largo.

Por eso, más allá de nombres y partidos, el verdadero problema sigue intacto. No es quién llegue a la boleta. Es quiénes son, de dónde vienen y bajo qué lógica operan. Porque cuando el origen es el mismo, el resultado también.

Y en Hidalgo, tristemente, ya conocemos ese final.

crs


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