Si partimos de que la felicidad no es un puerto al que se llega, sino el oleaje mismo que nos sostiene mientras remamos contra la corriente del egoísmo, entonces podemos inferir que tenemos que seguir navegando siempre. Esta premisa me ha conducido a pensar en León Tolstoi, el gigante de Yásnaia Poliana, y en Erich Fromm, el cirujano del alma moderna, quienes abundaron en el hecho de que la dicha no reside en el cofre del tesoro que se acumula, sino en la transparencia del acto de entrega.
En la vasta estepa de la obra tolstoyana, la felicidad aparece primero como un espejismo de alcurnia y luego como una revelación mística. Tolstoi, que lo tuvo todo lo que se supone debería ser la receta de la felicidad (fama, linaje, genio), descubrió en la madurez que la alegría de los salones era un banquete de sombras. Su tesis, destilada en obras como “La muerte de Iván Ilich” o sus “diarios tardíos”, entrevera que el hombre es infeliz porque vive para un “yo” que está destinado a morir.
Para Tolstoi, la felicidad es la aniquilación de la individualidad aislada en favor de la fraternidad universal. Es el campesino que riega el trigo sintiéndose parte de la tierra, es Levin en Ana Karenina encontrando la paz no en la teología, sino en la bondad simple del trabajo compartido. La felicidad es, en esencia, una forma de resistencia contra la vanidad.
Más adelante en la historia contemporánea, pasando el siglo XX, Erich Fromm retoma el pulso de esta búsqueda desde el psicoanálisis humanista. En su dicotomía fundamental entre el “Tener” y el “Ser”, Fromm sentencia que la felicidad contemporánea es una farsa de consumo. Para él, el hombre moderno confunde la excitación del objeto nuevo con el gozo del espíritu vivo.
La felicidad en Fromm es la biofilia: el amor apasionado por la vida y por todo lo que crece. No es un estado de quietud, sino una actividad del alma. “Ser feliz”, para el autor de “El arte de amar”, es el resultado de haber desarrollado la capacidad de amar y de razonar de manera productiva. Es la plenitud de quien no necesita poseer al otro para sentirse completo, sino que se desborda en él.
Si lo analizamos, al entrelazar ambos pensamientos, surge una coincidencia luminosa que constituye nuestra tesis central: la felicidad no es un sentimiento de posesión, sino una praxis de desapego y entrega.
Ambos autores pugnan por una renuncia al ego en la coincidencia de que el mayor obstáculo para la alegría es la cárcel del egoísmo. Tolstoi lo llama “vivir para la carne”; Fromm lo denomina “el modo tener”. En ambos casos, el individuo que busca su propia satisfacción como un fin último termina habitando un desierto de angustia.
Otro vaso comunicante es el supuesto que ambos plantean sobre el amor como un trabajo, donde no hay felicidad pasiva. Para Tolstoi, el amor es la ley de la vida que debe ejercerse en el servicio al prójimo. Para Fromm, el amor es un arte que requiere disciplina y paciencia. En ambos, la coincidencia es absoluta: la dicha es el subproducto de una vida dedicada a cultivar la vida.
Un tercer punto de encuentro en su pensamiento es el planteamiento que realizan sobre la verdad frente a la Alienación; ambos denuncian que la sociedad (ya sea la aristocracia rusa o el capitalismo industrial) ofrece sustitutos baratos de la felicidad. La verdadera alegría requiere un despertar, una “metanoia” o cambio de mente que nos permita ver al otro no como un objeto de uso, sino como un hermano en la existencia.
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