No me sorprendió hallar en el diccionario académico estas cuatro definiciones obvias para el adjetivo pendiente: “1) Que pende; 2) Inclinado, en declive: «terreno pendiente»; 3) Que está por resolverse o terminarse; 4) Sumamente atento, preocupado por algo que se espera o sucede: «todos estaban pendientes de las palabras del orador»”. En cambio, abrí los ojos de asombro cuando reparé en otra acepción, con mayor razón porque la tacha de mexicanismo, dando a entender que en el resto del mundo hispanohablante no suele emplearse con tal significado: “10) Preocupación”.
Para nosotros, pues, los desterrados hijos de México, lo pendiente es, antes que nada, preocupante. ¿Qué sucederá mañana o pasado cuando algo pendiente deje de serlo, cuando finalmente se desencadene, cuando pierda la categoría de probable y se convierta en hecho consumado? ¡Vaya dilema existencial el que nos agobia! Queremos que los pendientes tarde o temprano se resuelvan, o al menos que no sigan esclavizándonos, pero sentimos temor al pensar que la realidad no corresponda a nuestra expectativa idealizada. Mucho soñar, acaso, contra un despertar desilusionante.
«Un pendiente menos», decimos como sano consuelo cuando ponemos fin a uno de tantos apuros que rondan nuestra cotidianidad. Y enfocarlo así contribuye a paliar la angustia, aunque los demás pendientes se mantengan en compás de tolerante espera. No sé si esto sea cuestión de genes comunitarios, en gran medida raciales, o de herencia histórica y cultural, mestizada en lo ideológico durante los muchos siglos de formación de lo que solemos llamar lo mexicano; pero sin duda, el pragmatismo implícito en tal enfoque sirve bien de tablita de náufrago. Sin ésta, el puerto nos parecería inalcanzable.
Los problemas penden a veces como espada de Damocles sobre nuestras cabezas, y aun así nos movemos para encontrarles un porqué y sobre todo un paraqué. Lo hacemos por reflejo pavloviano, quizá por inercia; o por convencido voluntarismo, no exento de temeridad y arrojo. No nos importan entonces los peligros, aun a riesgo de perder la vida, mucho menos las críticas, sarcasmos e insultos a nuestra postura. Somos persistentes, obsesivos. Hasta nos satisface, muy en el alma, que no nos bajen también de locos.
Uno tras otro, caóticos o bajo control, los pendientes encauzan el día a día. Marcamos sus distancias para que no sobrepasen nuestra capacidad de afrontarlos, de ponerles palomita a los concluidos, de revisar nuevamente la lista de los que siguen al acecho. Desde este punto de vista, la palabra «preocupación» recobra su valor semántico original: «pre-ocupación»; es decir: lo previo, lo que está antes —¿o qué tal al mismo tiempo? — de la ocupación. Para no tener la salud mental pendiente de un hilo.
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