En cualquiera de sus expresiones, el arte estimula los sentidos, sensibiliza las capacidades y percepciones humanas a mejores planos. Ofrece la posibilidad de remontar la rispidez de la cotidianeidad y un efecto amable del entorno cotidiano. Invita a la reflexión y alimenta la búsqueda hacia escenarios positivos, aún en medio del conflicto.
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El arte es la categoría superior de la diversidad humana, por eso trasciende a sus tensiones. Son, las expresiones artísticas, una invitación a desplegar la imaginación hacia mejores ambientes para la convivencia social, en tanto trasmiten múltiples mensajes, desde el rústico de una etnia, hasta el más elaborado de la alta cultura universal. Ambos extremos valen e importan.
Han trascurrido tres décadas desde la “Semblanza de 30 años” del pintor hidalguense Byron Gálvez (Mixquiahuala, 1941-CDMX, 2009), presentada en el gran vestíbulo Paul Westheim y las salas Diego Rivera y Justino Fernández del Palacio de Bellas Artes en la capital de la república; y la presentación, hace dos días, de la Banda Sinfónica del estado de Hidalgo en ese gran y principal escenario nacional, con un concierto conmemorativo del 125 aniversario de su fundación.
Ambos acontecimientos son muestra de la riqueza y diversidad cultural de esta entidad federativa y confirman la del país, pues así, cada una de las integrantes de nuestro sistema federal aportan a la rica cultura mexicana, imposible de reducir a expresiones tan representativas como el movimiento muralista de Orozco, Rivera y Siqueiros, la poesía de Octavio Paz y la prosa de Carlos Fuentes, o la premiada cinematografía de Cuarón, González Iñarritu y Del Toro.
Al contrario, las manifestaciones regionales reflejan nuestro valioso mosaico artístico sumado al patrimonio mundial. Y no solo: Hay reconocimientos internacionales, educativos científicos, deportivos y profesionales, a personas e instituciones, por sus aportaciones y actividades, originadas en la provincia; pero menos visibilizados por esa acendrada práctica de atención privilegiada al escaparate nacional, desde las instancias oficiales y privadas de ánimo centrista.
Pareciera un padecimiento crónico de desdén hacia lo regional, y acaso más, de ignorar el latido de la provincia, como si lo único válido fuera la percepción desde la capital de la república. Y lo más ingrato: la determinación de diseñar y decidir desde allá, en cualquier cubículo, el destino del resto, trátese de territorio, recursos, organización, proyecto, desarrollo.
Así sucede con la visión del arte y en la política: de lejos se observa, se califica y discrimina, se resuelve lo más apropiado, como si desde aquel mirador pudiera palparse la realidad de cada comarca, o en ellas no hubiera opiniones, sensibilidades, soluciones ni variables propias. Una suerte de tutela para menores de edad. La soberbia, el desprecio al sistema federal.
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Valgan comparación y pregunta: si los alientos conjuntados en una corporación sinfónica logran tal armonía hasta hacerla digna de presentarse en el más importante escenario del país, si la calidad de sus ejecutantes bajo la mejor batuta, les permite interpretar ahí obras internacionales, nacionales y locales; por qué habría de carecer la ciudadanía de su tierra de las capacidades suficientes para decidir su organización política más elemental? Eso sin entrar en el principio constitucional de dejar a las entidades federativas las decisiones inherentes a su régimen interior, el ayuntamiento la básica.
Al final, arte y política estimulan y sensibilizan, algunas veces con una silbatina, otras con ovaciones. La ruta federalista igual tiene dos opciones: cumplimiento o simulación.
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acf

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