Históricamente, el conocimiento se organizó en “silos” o disciplinas cerradas que, aunque útiles para la especialización, resultaron insuficientes para explicar fenómenos globales como el cambio climático, las crisis de identidad o el impacto de la inteligencia artificial. La transdisciplinariedad, a diferencia de la inter o multidisciplinariedad, no sólo busca que las disciplinas “dialoguen”, sino que pretende atravesarlas y situarse más allá de ellas.
La transdisciplinariedad no es únicamente una metodología de investigación; es una respuesta ética y cognitiva a la fragmentación del conocimiento en un mundo de complejidad creciente. En las ciencias sociales y las humanidades del siglo XXI, este enfoque ha pasado de ser una propuesta periférica a convertirse en el eje central del pensamiento filosófico contemporáneo, permitiendo abordar problemas que desbordan las fronteras de cualquier disciplina aislada
En las últimas dos décadas, existen tres figuras y corrientes que han sido fundamentales para consolidar el cambio de paradigma ideológico; por un lado está el físico y filósofo Basarab Nicolescu quien definió la transdisciplinariedad a través de tres pilares: los niveles de realidad, la lógica del tercero incluido y la complejidad. En su obra reciente, Nicolescu sostiene que la realidad es multidimensional; lo que parece contradictorio en un nivel (como la onda y la partícula en física) se armoniza en otro superior. Para las ciencias sociales, esto significa que el sujeto y el objeto de estudio están intrínsecamente ligados.
En otro sentido, no menos importante, se encuentra Edgar Morin, padre del Pensamiento Complejo, argumenta que “lo que está tejido junto” (complexus) no puede ser diseccionado sin perder su esencia. Su propuesta de una “reforma del pensamiento” invita a las humanidades a abandonar el reduccionismo y adoptar una visión hologramática: la parte está en el todo, pero el todo también está en cada una de las partes.
Por otra parte, las autoras Julie Thompson Klein y Gertrude Hirsch Hadorn, plantean desde el ámbito académico y práctico, la sistematización de la investigación transdisciplinar. Su enfoque se centra en la resolución de problemas de la “vida real” mediante la colaboración no sólo entre académicos, sino también con actores sociales (políticos, ciudadanos, empresas), lo que se conoce como otra forma de producción del conocimiento.
La importancia del enfoque transdisciplinar radica en la capacidad para restaurar la dimensión humana en la ciencia. Al integrar la ética, la espiritualidad y la experiencia cotidiana en el rigor científico, la transdisciplinariedad permite que las humanidades vuelvan a ser la brújula de la técnica.
En el siglo XXI, investigar bajo este prisma implica reconocer que la incertidumbre no es un error que deba eliminarse, sino una característica constitutiva de la realidad. Como señala la filosofía actual, solo a través de una visión transdisciplinar podemos aspirar a una “ecología de saberes” que sea capaz de enfrentar los retos existenciales de nuestra era. ¿Nacemos para saber o nos preparamos para saber para qué hemos nacido?
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